El libro que santifica a los miserables, Eduardo Mendoza

Vida de tres santos // Escrito por el ganador del premio Cervantes

Resumen, análisis y relevancia

La santidad no es común en nuestros tiempos; pareciera que, conforme el mundo exige pruebas claras de los milagros, han optado por escasear en un mundo donde fieles continuamente están siendo desacreditados por su fe y sus creencias. Por ahora, la santidad ha estado sobreviviendo a base de lo terrenal, lo comprobable y la inconfundible y más preciada fuente de la existencia, los ideales.

Eduardo Mendoza es uno de los escritores que, por excelencia, es de los más reconocidos de España por su larga trayectoria e inventos literarios. A más de uno ha hecho reír con su inconfundible sarcasmo, su espléndida descripción de Barcelona como epicentro de la mayoría de las aventuras que narra en sus escritos. Fue el creador de la primera novela en la época de la transición a la democracia en España. Entre sus obras se cuela “Vida de tres santos”, un libro corto, con una temática original, que lleva a sus personajes hasta el extremo de sus ideales.

Desde el comienzo del libro, Eduardo Mendoza aclara que existen 2 tipos de santos: aquellos que dan ejemplo con su conducta, mártires y anacoretas de profesión, que por lo general no crean una devoción entre los creyentes. Los otros, los santos influyentes, los que curan enfermedades y se les atribuye, así sea por casualidad, una devoción absoluta y reconocimiento infinito dentro de la estructura de la iglesia. Ahora Eduardo Mendoza se inclina por una tercera vía, ortodoxa y que posiblemente la iglesia no compagine, pero a su vez, estima como santos en la medida que consagran su vida a una lucha agónica entre lo humano y lo divino.

La vida de los tres personajes descritos en el libro, imperfectos a más no poder, y sin ninguna relación en común, no son ni ejemplos a seguir, ni confronta el dilema vasto desde la fundación de la sociedad y su compleja red de preguntas sin respuestas al cómo vivir, o al cómo actuar; no obstante, sin duda llegaron y obraron milagros distinguidos en sus alrededores.

Resumen


Relato 1.— La Ballena

La familia del narrador, una familia catalana de clase alta, se encuentra en una situación de sumo nerviosismo. Por un lado, tío Víctor, sumamente básico y estéril, se puede esperar más acción por parte de una almeja. Fue prisionero en la guerra civil española por el bando de los comunistas. Según los chismorreos que se comentaban, todos los apresados fueron sometidos a un lavado de cerebro bolchevique que los convirtió en soldados fieles del partido, esperando la pronunciación de unas palabras claves para convertirse en asesinos, espías y, sobre todo, ateos, que atentarían sin remordimientos a sus allegados. La tía Conchita observó a su hermano por mucho tiempo, esperando el descenso de su cordura como prisionero, aunque cualquiera que haya conocido al tío Víctor sabía que esperar algo de su parte solo podía ser obra de un milagro sublime. No era tío Víctor el principal problema cuando llegó el congreso eucarístico internacional a Barcelona. Debido a las heridas de la guerra civil y a un intento de restaurar la normalidad de la ciudad, se celebraba por primera vez desde la guerra un acontecimiento internacional que tenía a todos los ciudadanos a la expectativa.

La atracción del congreso trajo consigo a muchos visitantes de todo el planeta, lo que colapsó los hoteles y alquileres, por lo que la iglesia recurrió a la ciudadanía para poder hospedar a los obispos y cardenales en sus casas. Por supuesto que la tía Conchita, como considerable creyente y con algo de exaltación moral y de superioridad clasista, ofreció su hogar como hospedaje de los servidores de Dios.  El tío Víctor no ayudaba en lo absoluto ante el retraso del hombre que se hospedaría en la casa, que, para disgusto de la tía Conchita, no iba a ser un cardenal del Vaticano que tenía contacto directo con el Papa, sino un obispo venido de lejos. Igualmente, todos los niños, como el narrador de esta historia, pasaron varios días aprendiendo la forma y las modalidades con las que deberían dirigirse hacia el gran representante del Señor. Lastimosamente, la ilusión de la tía Conchita decayó instantáneamente, porque el obispo venía de una tierra lejana de Centroamérica, conocido como Fulgencio Putúcas, de vestimenta extravagante y rasgos indígenas fuertemente marcados, que solo llegó para irse a dormir, dejando todas las comidas preparadas para él y preguntas de la Biblia para otra ocasión. 

El arzobispo era esquivo con la familia que lo hospedaba, más por cansancio que por otras razones. No evitó que, al tercer día, la tía Conchita, que se dirigía a él como su excelencia, le permitiera en la bondad de su tiempo, el regalo de unos minutos para ella, independientemente de su ocupada agenda, porque era urgente confesarse y sobre todo hacerlo hacia los arzobispos bien reconocidos del congreso eucarístico. La dueña de la casa admitió que ha pecado en tener riquezas guardadas, mostrándole al arzobispo su caja fuerte donde la herencia de su familia, con el pasar de los años, acumulaba joyería y oro bastante considerable. Era su duda si debía, bajo los evangelios tales, donde pregonaba ayudar a los pobres con regalarles todas sus riquezas. Fulgencio Putucas cayó en nervios, más por comprender que la tía Conchita sabía más de la Biblia que su majestad, que al ver tanto dinero acumulado en un lugar tan estrecho. Resolvío la situación con el dialecto propio de su región. Le dijo que dejara la pendejada, porque las piezas de su caja fuerte tenían un valor más importante que la riqueza, ya que al ser un obsequio familiar, no podía permitir quitarles a sus hijos tal herencia. Por supuesto, aclaro, también, que si se trataba de ayudar a los pobres, debería ir entonces a la región que él habita, por el hecho de que el más pobre de Barcelona sería rico allá.

El congreso finalizó y todos los cardenales y arzobispos abandonaban Barcelona, pero para Fulgencia Putúcas y la familia del narrador fue el comienzo de una situación embarazosa. El país de origen del arzobispo tuvo un golpe de Estado, donde el nuevo gobierno encaminó la cacería de todos los que tenían vínculo con el anterior gobierno; como la iglesia estaba vinculada, el arzobispo, en caso de volver a su país, sería fusilado, por lo que no podía volver.

La Iglesia católica no hizo nada por el desamparado extranjero, y el esposo de la tía Conchita, perteneciente a la clase alta del gobierno, por el cual la estadía de un cura opositor perseguido en su país, era inaceptable. —El lunes, este indio de mierda no lo quiero aquí— Los padres del narrador, un alcohólico que, pese a su problema de bebida, no era problemático, solo flojo, y su madre, una mujer predispuesta y resiliente ante la adversidad, adoptaron en su casa al arzobispo que se integró ya no como su excelencia, sino como Fulgencio.

Dejó su vestimenta religiosa, y empezó a usar ropa prestada, y como era algo torpe y sin otros conocimientos más que el religioso, era el compañero del narrador para ir al cine y pasear por la ciudad. El papa del narrador llevó consigo a Fulgencio Putacas a un bar a tomar. Al comienzo rechazaba las invitaciones de trago, pero la hospitalidad del papa lo llevó a tomarse varios tragos, y lo que fue un arzobispo respetado por el congreso heurístico se convirtió en la sensación de la noche con el nuevo apodo “el indio”. Por unos tragos, bailaba encima de la mesa maquillada con la salsa de tomate, escenificando a un cacique; posteriormente, algún comentario más fuera de lo habitual, lo hiciera pelearse con un comensal, y un arresto infortunio llegó para el elegido de Dios. La iglesia intentó tomar cartas en el asunto tratando de destituirle de su puesto, pero Fulgencio fue tajante: no se podía juzgar su condición o sus acciones cuando ni la mismísima iglesia había velado por él; que si alguien debería ser depuesto, eran aquellos que lo señalaban por los errores de un hombre que fue llevado al extremo. Independientemente de los sucesos que no pasaron a mayores, Fulgencia se marchó de la casa de nuestro narrador sin rumbo fijo, dejando su extravagante túnica de arzobispo en la casa del narrador, pidiendo que se la cuidaran hasta que pudiera buscarla.

Pasado el tiempo, el narrador se vuelve un adolescente que se enamora por primera vez en unas vacaciones con la tía Conchita lejos de la ciudad, sin saber que en paralelo su padre fue llevado al hospital psiquiátrico por un repentino ataque de ira, que gran parte de ello es por los tantos años que llevaba bebiendo. Al regresar de casa, pese a la ausencia de su padre, no hubo un momento más pacífico que cuando su papá se encontraba fuera de casa.

Cerca de un año y medio estuvo encerrado; cuando volvió a casa, optaba por no salir de casa y se encerraba por horas a escuchar música. Tanto hijo como madre sentían que la casa les dejó de pertenecer, hasta que el tío Víctor, que años antes se creía de él un espía comunista en estado de hibernación, logró sacarlo de casa para dar paseos por los alrededores. Por esas mismas fechas había una exposición de Moby Dick, donde exponían un cachalote auténtico como parte del recorrido. Un encuentro espontáneo sorprendió al narrador al ver lo que parecía un indigente con adicción a la bebida; era su antiguo amigo, y arzobispo de aquel país centroamericano, Fulgencio en persona y muy alegre de verle.

Se pusieron al día con los asuntos familiares y los últimos años, pero Fulgencia sentía una devota admiración hacia la ballena disecada en la exposición, aunque el narrador no comprendió lo que trataba de transmitirle; pareciera que encontraba una enorme semejanza entre él y la ballena. El narrador, finiquitando ya la conversación, y ver su estado de indigencia, le recomendó que volviera a su patria pese a las amenazas. Fulgencia le hizo saber de su región como un mundo hostil y de que si no hubiera agarrado la Biblia, posiblemente empuñaría un arma, o estuviera ya muerto, porque antes de ser arzobispo, fue asesino.

La conversación con el narrador hizo que en los siguientes días recibieran la visita del mismísimo Fulgencio, solicitando su túnica que había dejado años atrás, ya que deseaba volver a su país. Por último, visita a la tía Conchita, para recuperar su anillo que había dejado atrás por seguridad de no extraviarlo. Por supuesto que Conchita lo despreció por borracho y pobre, pero este le hizo ver su absurdo religioso, en cómo ella se guía por la palabra de Dios solo para encajar en la ciudad como señora pudiente y sentir una supremacía moral frente a todos, por lo que la convierte en la peor de los seguidores del Señor.

Fulgencio se fue y tía Conchita queda dolida por sus comentarios, por lo que se va a acostar. Cuando regresó su esposo, notó que la caja fuerte estaba abierta y todas las posesiones habían sido robadas, lo que la abatió aún más y no la hizo salir de la cama por varios días. Cuando la familia del narrador, el tío Víctor y Conchita narran lo sucedido en casa, no hacen más que reírse y compartir un momento de felicidad que llevaba sin ocurrir y que sería la última vez que lo harían como familia. El único regalo que dio Fulgencio a sus anfitriones antes de que fallecieran sucesivamente cada miembro por el paso del tiempo.

Relato 2.- El final de Dubslav

Dubslav era un treintañero que no tenía ni historia, ni hazañas en todo el transcurso de su vida. No estaba casado ni engendró un hijo, desistió de los estudios en la brevedad con que los comenzó, y vivía de la renta que su madre le daba mensualmente, por lo que transcurrió los últimos años viajando de un lado a otro del hemisferio sin rumbo fijo, ni metas ni un camino claro. Sumado a un estado hermético y rígido, no sentía ninguna emoción lo suficientemente intensa para sacarlo del estado de ánimo habitual. Su madre era una doctora de renombre en el gremio y se sabía que estaba a la vanguardia de las últimas investigaciones en su campo de estudio.

Dubslav nunca conoció a su padre, pero se imagina que su nombre proviene de él, ya que sabía que en alguna conferencia a la que asistió su mamá décadas atrás en Bulgaria, la llevó a un amorío de una sola noche, quedando embarazada en tiempos donde era mal visto que una mujer estudiara al mismo tiempo que era mamá. Frente a los prejuicios, crio a Dubslav y pudo sacar su título de medicina; si bien, fue una crianza que, según recuerda, era frívola, con carácter científico, aunque asomaban rayos de amor de vez en cuando por parte de su madre, fueron esquivados por Dubslav.

Claro que su madre deseaba que su hijo fuera doctor como ella, y movió sus influencias para que ingresara a la escuela de medicina, pero Dubslav abandonó los estudios. Lo que hubiera sido una discusión acalorada entre madre e hijo, sobre el futuro de este y su vida, fue completamente dócil en dejarlo desarrollarse solo y apoyarlo económicamente mientras se buscaba.

Así pasó por un tiempo, cuando en alguno de los países que visitó, repentinamente se desmayó, por lo que fue llevado al hospital. Los doctores no pudieron diagnosticar la enfermedad que tenía, solo la certeza de que, en caso de que ocurriera de nuevo, dejaría este mundo para siempre. La segunda vez que se desmayó fue caminando en la playa y todos los médicos lo creyeron muerto por un tiempo lo suficientemente largo para meterlo en una bolsa. Dubslav, al despertar, sin perturbarse, recuerda que en el eterno negro de la muerte, vislumbró unas imágenes sobre un documental de unas tierras africanas que estaban en constante guerra. No es que hubiera tocado su alma el ver pueblos desangrándose unos a otros; de hecho, fue una casualidad que prestara su atención por unos momentos. Sin más pretexto que ser lo único que vio cuando murió, contactó a la televisora que produjo el documental para saber su ubicación específica, y partió al África.

Un sinfín de aviones y aeropuertos en los que hizo escala, que cada vez se reducían en tamaño y cada vez cambiaba a avionetas de peor calidad. Llegó con el intermediario que lo abastecería con todo lo necesario para partir. Sin disimulo, era indiscutible que la muerte rondaba el sitio, y que a lo largo del desierto estaban enterrados cientos de víctimas a las que muy seguramente Dubslav se sumaría. El intermediario, en una especie de dialecto francés, le advirtió que se dirigía a un sitio peligroso, como si el armamento detrás del mostrador, no mostrara la naturaleza misma de la zona. Un jeep, comida y agua oxigenada, (recomendación del intermediario como obsequio para las tribus que vivían en la zona) partió por el desierto por 3 días completos.

Cuando ya cedía ante la sed, vislumbra una cruz en mitad de la nada, pero que al lado de ella una figura parecida al demonio lo esperaba. Dubslav seriamente pensó que era el diablo en persona esperándolo en aquel punto. A medida que se acercó, se dio cuenta de que en definitiva no, era una persona con vestimenta de chamán, y pintado de rojo. En un francés básico, se presentó como el hechicero de su pueblo, que le había llegado una noticia sobre la aparición de una escultura en mitad del desierto. Posiblemente, se debía a que por mucho tiempo estuvo enterrada y el viento la volvió a desenterrar. Lo llevó hacia su tribu, que vio con asombro a un extranjero por una zona tan desértica y abandonada.

Transcurrió varios meses dentro del pueblo; al comienzo le robaron gran parte de las pertenencias que tenía, y vio a algunos jóvenes con la cabellera amarilla. Era una tribu que había olvidado sus orígenes, ni tenía motivos de estar allí; el sol y la guerra los habían convertido en una existencia completamente básica, no tan distinta de las plantas y los árboles. A diferencia de lo que se conoce como guerra en otros lados, donde el vencido recibe la ayuda del vencedor para restaurar la normalidad en la brevedad, la tierra que habitaba Dubslav solo conocía la aniquilación completa de las cosas.

Una mañana fue testigo de un evento en el pueblo donde se celebraba, con unos músicos, un baile del lugar. Si eso se podía llamar baile o tradición, porque fue un evento en el que no hubo aliento de parte de la población, y solo sirvió como una distracción para matar el aburrimiento del sol abrasador y la existencia. Al día después, un telegrama por parte del Ministerio de Exteriores llegó a Dubslav por un viajero noruego, donde a su madre se le premiaba con el premio europeo de avances científicos, y que al mismo tiempo anunciaba el fallecimiento de esta. Dos noticias que por primera vez le hicieron salir del estado mental que cargó toda su vida, y se embarcó a volver a casa.

Para él, no había mejor manera de honrar el legado de su madre que asistir a la premiación y recibir el premio por parte de ella, ya que para él, interesaba más lo que aún estaba vivo. Embarco un sinfín de aviones nuevamente hasta llegar a la premiación, que era en un hotel, e iba a ser televisada a nivel internacional.

Por supuesto que la llegada de un hombre que por mucho tiempo pasó en la intemperie generó confusión entre los organizadores, y mucha preocupación que saliera alguien así a recibir un premio; por el momento lo mandaron a una habitación de hotel. 15 minutos pasaron, y un esmoquin llegó a la habitación de Dubslav; pensó que por un momento los organizadores habían resuelto el tema de la vestimenta, pero en realidad pertenecía al doctor que se encontraba en la habitación de al lado, una confusión dada por una inmigrante que todavía no dominaba el idioma de los números. Resulta que el hombre al que se le iba a entregar el esmoquin había fallecido y la policía intervino; la premiación estaba por comenzar. Dubslav salió del interrogatorio sin ninguna sospecha, pese a que cargaba el esmoquin que pertenecía a un muerto, y justo fue en el momento preciso en que el nombre de su mamá era nombrado y pasaba él al escenario. Aprovecho para aclarar que pertenecía el premio a su madre, y con una emoción distante pronunció un discurso acalorado sobre el vacío de la existencia y las premiaciones. Con un aliento y aplausos del público, mientras él deconstruía la sociedad en lo absurdo y el vivir por las metas que pertenecen a los demás, y repentinamente, como un relámpago, se sumió en un profundo negro, la gente aplaudía mientras Dubslav caía muerto en el escenario con los reflectores encima.

Relato 3.- El Malentendido

Inés Fornillo era una mujer de 34 años, miope y regordeta, pero con una vocación literaria impresionante. Debido a la falta de trabajo que azotaba el país, y por supuesto a su género en la época de cuando se narra, apenas comenzaba la normalización laboral del sexo femenino. Le llegó la oportunidad de guiar el curso de literatura de una prisión, como programa de reinserción en la conducta para los presos. No es que fuera lo deseado por Inés; le aterraba compartir diariamente con criminales, pero se resolvió en ella misma: por un lado, agregaría a su currículum experiencia laboral necesaria para escalar en el ámbito; por otro más simple, para ayudar a su marido con los ingresos del hogar, cada vez más escasos. Entre muchos de los presos, se halla Antonio Cabrales, un convicto nada especial, que llevaba su vida entrando y saliendo del penal, y que había asistido a todos los cursos presentados por el penal, pero que no había pasado más de dos días interesados en ellos.

Hubo un cambio repentino para Antonio Cabrales, a medida que avanzaba el curso, y una presentación donde desentrañaba la metodología en cómo leer una novela, fue suficiente para que él tomara iniciativa en lo dictado por la profesora Inés Fornillo. Al comienzo, nunca se atrevió a entregar alguna tarea dictada por la profesora Inés, pese a que era el único recluso que leía todos los cuentos que dejaba como parte de su actividad. Le confesó a ella la verdad de esto, y emite una opinión que le abrió la curiosidad. Según Cabrales, los cuentos que ella les entregaba, estaban inconclusos, y ciertamente tenía la razón, ya que Inés adrede omitía partes de la obra, para facilitar la lectura de sus estudiantes.

De aquí nació una relación, una relación sin intimidación o amistad; tampoco se podría llamar especial, pero sí una relación que bastaba para Antonio Cabrales y su nueva vocación naciente. Al comienzo, la profesora recurría a la mera recomendación de libros que se encontraban en la pequeña biblioteca de la prisión, y repartía, con responsabilidad y en grado de dificultad, los libros que Antonio devoraba al instante. Cuando la biblioteca ya no tenía un libro que fuera leído por el reo lector, le hacía llegar algunos desde afuera, y así sucesivamente en el resto del curso.

Lo que sí es cierto es que Antonio, pese a la cantidad mórbida de lectura, nunca lograba expresarse correctamente; de hecho, en el curso repartido por Inés, logró pasar con la nota mínima, que, sin duda, influyó en la estima hacia su persona. Le recomendó que empezara a escribir, y él con mucha sinceridad le confesó que ya lo había intentado anteriormente, pero que su trabajo era terrible y lo destrozó apenas lo leyó. Inés lo animó a volverlo a intentar y, con cierta incredulidad, pero cumpliendo su rol de docente, le hizo saber en qué ella creía que podía escribir muy bien.

Así se dio por terminado el curso e Inés tomó unas vacaciones con su esposo y sus hijos. En la playa, la profesora a veces sentía cierta culpa por estar allí en su merecido descanso, mientras prisioneros como Antonio pasaban sus días cumpliendo su condena. En cierto sentido, como si lo hubiera llamado, le llegó una carta de Antonio, con una simple, pero sutil redacción, en que, si no era mucha molestia, podía enviar algunos libros de tales autores, ya que todo lo recomendado ya fue leído; por supuesto, ella cumplió, y Antonio, que ahora era bibliotecario en la prisión, se lo agradeció enormemente.

Así pasaron los años de Inés; cuando llegó de sus vacaciones, ya Antonio había conseguido su libertad condicional, y no supo más de él, y tampoco le interesó mucho, a decir verdad. No pasó mucho tiempo en el curso de literatura de la prisión para que una nueva oportunidad de docencia saliera, y esta tuviera una paga mejor y su alumnado no hubiera cometido crímenes. Su vida fue linda, simple y feliz, pese a que sus expectativas y su conocimiento debieron llevarla más lejos. En fin, de pronto pudo ser más, pero tampoco su presente estaba mal.

En los círculos literarios a los que Inés Fornillo cotidianamente pertenecía, el nombre de un autor anónimo, y del que nadie conociera o se hubiera chocado dentro del gremio literario, subía su fama y su admiración por sus obras íntimas y ligadas al pensamiento criminal. La crítica literaria laureaba estar ante el nuevo Tolstói, el próximo clásico de la literatura universal. Era Antonio Cabrales, bajo un seudónimo, que por las palabras de Inés se convirtió en un escritor de talla mundial. Qué impresión se llevó la profesora al saber que ella era, en gran parte, la maestra de este nuevo escritor. Inés nunca fue alguien manejada por la lujuria como para sacar provecho de este acontecimiento; se los guardó para ella misma, y se deleitó en todas las teorías, algunas más absurdas que otras, sobre el origen del nuevo y magnífico autor.

Llegó un día en el que, por fin, después de varios años, dio a conocer su identidad al mundo, y participó en un foro con un público vasto para la presentación de su nuevo libro, y contestar algunas preguntas sobre él. La profesora Inés asistió a dicho foro pensando por un momento en acercársele, preguntarle si la recuerda y puede que con una leve esperanza de que la reconociera públicamente. Nunca sucedió, de hecho, su presentación fue tímida y sencilla, que más bien aclaro que no era un gran talento, solo un hombre conocedor del crimen; solo una mirada compartieron el alumno y el maestro.

Cuando terminó el foro, Antonio Cabrales se encontraba en su habitación de hotel redactando una carta dirigida a su antigua profesora Inés, donde no solo le agradecía el cambio de su vida, sus enseñanzas y la fe que le tenía, que sin ella nunca se hubiera atrevido a volver a escribir. También le agradeció el no compartir su historia entre él y ella, que claramente le pudo servir para escalar en el mundo literario como la autora del autor, y se excusaba de que si no se le hubiera acercado al verla entre el público, se debió a su pena y no a otra cosa. Por último, esperaba una respuesta para encontrarse de nuevo, con respeto, su alumno Antonio Cabrales.


Al terminar la carta y antes de mandarla, decidió dar un paseo por la ciudad, para que repentinamente un joven asaltante le robara todas sus pertenencias. Antonio Cabrales ni se inmutó y cedió todas sus pertenencias al ladrón, y prosiguió su caminata sin interrupción. Al llegar a la entrada del hotel, lo esperaba un señor y el joven asaltante, que resultaba ser su hijo. Resulta que el padre de este había sido compañero de celda de Antonio Cabrales, por lo que lo ubicaron para entregarle sus pertenencias, y darle una reprimenda a su hijo delante de él, ya que Antonio Cabrales pertenecía a su mundo, y entre ellos no se robaban. Después de la conversación, sentado en su habitación y la conversación previa con su antiguo compañero, rompió la carta que iba destinada a su profesora.

Análisis


Eduardo Mendoza y su perspectiva de ser santo

¿Qué tiene en común las historias descritas aquí, con la santidad? Un antiguo criminal, un viajero, y un servidor de Dios venido a menos. Naturalmente, ninguno, salvo la excepción de ser llevados al extremo de sus creencias y retos para hallarse en un mundo que busca con ansia una respuesta. Si partimos con la historia de Fulgencio Putucas, vemos el abandono continuo de alguien venido de una tierra lejana. Abandonado por el mismo señor y señalado por una sociedad con una voracidad crítica en lo social y denigrante. Aquel servidor de Dios, castigado por la divina providencia por un pasado oscuro, repuesto en la medida en que le servía; sin embargo, pese a la penumbra y las burlas, logró calar en las vidas que le sirvieron, una familia española con sus propios problemas internos. Teniendo una solución final, pacifista y de entendimiento entre las partes. Un santo que fue probado por Dios, y en ningún momento sus creencias o su espíritu se quebrantó; un ejemplo de santidad, la perseverancia de la creencia.

Dubslav, en cambio, es aquel ser que despierta y busca su lugar en el mundo; no existe un esclarecimiento de su historia o sus creencias en el relato. El repentino diagnóstico de una muerte anunciada, que llegaría sin aviso, lo lleva a la búsqueda de entenderse a sí mismo, en resolver sus dudas en las imágenes que, estando muerto, le llegaron a su mente. Viaja, posiblemente, a la tierra más hostil y abandonada por la gracia de Dios, y descifra, bajo la observación misma, las causas, bondades, errores y el absurdo de creer que este es el modo correcto de vivir. Aprovechando la oportunidad de poder presentarse ante el mundo, y en cierto honor a su madre, desentraña su discurso, la profecía y enseñanzas tal cual santos, un mensaje de la existencia y las creencias, para fallecer abruptamente, en el momento justo en que cumplió su papel con los vivos.

Antonio Cabrales es la prueba misma del camino de la redención, de la total lejanía, de las tentaciones pecaminosas. Tal cual un milagro del Señor, un curso de literatura dictado por una profesora, cambia repentinamente al reo, como si toda duda sobre el mundo de las letras fuera descifrada, mas no traducida. Es el hombre traído aquí para trazar el camino de los desdichados y la llegada del cielo. Consciente de su transformación, es posiblemente el hombre más sensato del libro, por su conciencia y su diagnóstico hacia sí mismo, y los demás. En cierto momento dado, había decidido entregarle la carta a su posible salvadora, pero un inconveniente lo lleva a recapacitar que a veces, los milagros que otras personas hacen hacia otras, no ocurren por el toque divino, sino por el simple desinterés y el cumplimiento estático de las cosas. No es que la profesora haya sido alguien con el don de rectificar o crear a los nuevos grandes escritores de la humanidad, sino una casualidad y una pequeña intervención inocente que progresivamente se convierte en una fuerza imparable y poderosa de una idea.

Vida de tres santos, nos demuestra que a veces los milagros son más comunes de lo que se cree, y se debe tener mucha atención para comprenderlos. Las tres vidas, que posiblemente se asemejan a un cercano, porque es mucho más usual ver la caída que la realización, son merecedoras siempre de ser escuchadas. Está escrito que aquellos predilectos a cambiar el mundo o que fueron traídos a entregar mensajes por el creador, son personas que deben atravesar y superar retos que elevan el espíritu humano, o posiblemente lo aniquilan. La santidad, pese a su debate y acalorada discusión entre su magnificencia y mentira, es la muestra de que requerimos de ella, porque cada vez necesitamos más ayuda en un mundo que, el razonamiento y la creencia, nos lleva a un estado puro y completo de ignorancia.

—Los tiempos actuales nos dicen que la ciencia y la religión son incompatibles, hasta que se cae en la gracia de sus objetivos afines: elevar el espíritu del vacío, la dignificación del conglomerado, la corrección de lo que se cree perjudiciable, y conocer la causa que nos creó —.

José M. León

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