Haruki Murakami, Después del Terremoto

Un libro del más conocido escritor japonés

Un retrato de la ciudadanía y su cotidianidad

Japón es una joya invaluable para el mundo. Desde su fundación muchos años atrás, ha dejado su huella en la humanidad como nación poderosa, culta y de un fuerte espíritu de la honestidad y el orden. Vemos en Japón reflejado un estilo de vida único y moderado, con grandes expectativas, al ser un territorio que se ha levantado de las tragedias, indomables y orgullosos de su patria, con ecosistema único en cine, arte, literatura, lengua y comida.


El honor y la educación como estructura fundamental para el desarrollo, y una economía en constante crecimiento dando origen a un alto nivel de competitividad en la población. Los nipones pueden presumir de un estatuto alto a nivel mundial, pero visto desde otro punto de vista, la depresión, la frustración y la tristeza son enfermedades que brotan en una sociedad sin descanso y que es indiferente al marginado.


Haruki Murakami ha sido uno de los mayores exponentes de la sociedad japonesa. A través de sus libros en las últimas décadas, nos ha dado una mirada interesante sobre Japón, y es que dentro de la perfección hay imperfecciones. Eslabones perdidos en una sociedad que a veces se les viene encima; el escritor vuelve de sus escritos una mirada profunda de los temores, la melancolía y la tristeza de algunos ciudadanos del gigante tecnológico. Haruki Murakami, con opiniones divididas dentro del mundo literario y con su reconocimiento internacional vigente, nos presenta uno de sus libros: “Después del terremoto”.

El libro nos narra seis relatos después de que ocurrió el destructivo terremoto de Kobe en 1995, un acontecimiento que impactó por la cantidad de vidas perdidas y el desastre económico que conmovió a la ciudadanía, marcando un descontento hacia el gobierno y la fortaleza del país. Los protagonistas de la historia, irónicamente, no estaban presentes en las ciudades afectadas, pero la tragedia les dio un vuelco a sus vidas al desenterrar vínculos internos que, con una sacudida, salen a flote. El narrador de la novela no es más que el mismo terremoto, desentrañando el misterio que hay detrás de cada uno de los personajes:

Resumen de «Después del Terremoto»


Relato 1.— Un ovni aterriza en Kushiro

El primer relato nos narra los últimos cinco días en la vida de Komura; la esposa de Komura llevaba 5 días sin despegarse del televisor viendo las noticias sobre el terremoto de Kobe, observando todo lo que sucedía sin inmutarse y sin dirigirle la palabra. En los primeros 4 días, Komura optó por levantarse temprano por la mañana a hacer el desayuno e irse a trabajar, mientras su esposa, sentada en el sofá, se quedaba observando el noticiero. Al regresar a casa, la encontraba en la misma posición que la dejó en la mañana; apenas notaba leves movimientos de ella, como ir al baño, y la comida apenas tocada. La diferencia llegó el quinto día; al llegar a casa, su esposa no estaba por ningún lado. Había hecho una maleta con la mayoría de sus cosas y se había ido. Solo dejó su bicicleta y una nota para él, que decía que lo dejaba, ya que su convivencia con él no tenía sentido, a pesar de lo amable, guapo y educado que era. Para ella, era insoportable vivir con alguien que le daba la impresión de que era como una masa de aire, que no la llenaba; muy puntualmente, afirmó que no la buscara.

Komura era un hombre muy atractivo que trabajaba en una tienda de tecnología de alta gama, donde ganaba altas comisiones y era popular con las chicas. Su esposa, en cambio, para el buen partido que se podía considerar Komura, era algo rellena e insípida, pero él estaba completamente para ella; en sus años de casados no estuvo con otra mujer, y lo que juró que era una situación matrimonial que iba a acabar en unos días se convirtió en el fin de su relación.

¿Fue el terremoto el que la cambió? Hasta donde él sabía, no tenía ningún familiar viviendo de ella en Kobe o en los alrededores de donde fue el terremoto, ni entendía su concentración en estar pegada al televisor viendo el desastre que dejó el terremoto. Imagino que se había ido a casa de sus padres, por lo que Komura los llamó a preguntar por su esposa. Se notaba una vergüenza a la hora de responderle su suegra, pero le negó pasarle el teléfono a su hija, ya que había dejado claro que no quería hablar con él, además de que le pidió que mandara todo el papeleo correspondiente para el divorcio por correo. Komura hizo caso, y fugazmente ya era un hombre divorciado.

En el trabajo los empleados sabían de lo sucedido; su jefe le dijo a Komura que, por el hecho de estar en febrero, una fecha donde las ventas eran bajas, se tomara una semana de vacaciones. Komura las aceptó, aunque no sabía qué iba a hacer los días libres. Un compañero de trabajo, Sasaki, le preguntó por ello; al ver que Komura estaba completamente en blanco, le propuso que fuera Hokkaido. La razón de la recomendación era muy sencilla: necesitaba entregarle un paquete a su hermana, y no confiaba en las empresas de envío. Komura aceptó el trato, y Sasaki, por su parte, se encargó de organizar sus vacaciones.

Hokkaido era lejos y no muy desarrollado como otras partes de Japón; tampoco es que gozara de un flujo de turismo alto. La fecha en la que estaban hacía de Hokkaido un lugar frío, lleno de nieve. En el aeropuerto, la hermana de Sasaki, Keiko, junto a su amiga Shimao, recogieron a Komura y partieron a recorrer la ciudad en el vehículo de Keiko.

En el transcurso del recorrido y después de haberse presentado y planificado los sitios que visitarían los días posteriores, fue abordado por las Shimao y la razón de su divorcio. Komura comentó los cambios repentinos de su mujer cuando ocurrió el terremoto de Kobe. Shimao le comenta también la historia de un conocido en el que su esposa una noche conduciendo supuestamente vio un ovni, que la obsesionó hasta el punto que una semana después, sin avisar, dejó a sus hijos en el colegio y desapareció. Lo único que se supo de ella es que estaba buscando el ovni.


Keiko escogió un hotel romántico para hospedar a Komura; la habitación era grande, y las dos chicas le prepararon la habitación mientras él iba al baño. Keiko se fue al rato, y se quedó Shimao con Komura un rato más, donde tomaron cerveza, y entre conversaciones frívolas y una anécdota graciosa sobre osos, Shimao deseó hacer el amor con Komura. Intentó hacerlo, pero no dejaba de pensar en su esposa, por lo que desistió; a Shimao no le preocupaba, más bien lo entendió. Descansando en el cuerpo desnudo de Shimao, Komura le comentó que su esposa le dijo que era una masa de aire. Shimao le dijo que más bien lo creía simpático, y que si con ella ha sentido que estaba lejos; Komura le dijo que sí… —Pues el viaje apenas acaba de empezar —le dijo.

Relato 2.— Paisaje con Plancha

Junko se encontraba en un pueblo costero en la prefectura de Ibaraki. Cuando era una niña tenía una buena relación con su padre, y era una de las alumnas más destacadas del colegio, pero después de la graduación no podía enorgullecerse de sus notas. Un cambio repentino tuvo cuando llegó a la pubertad y empezó a redondeárseles los senos y a crecer vello; aunque era una persona que se consideraba capacitada, no lograba concentrarse en nada. Se despistaba con lo más mínimo y nunca podía acabar algo; apenas comenzaba un objetivo, le dolía la cabeza y el corazón le palpitaba fuertemente, lo que hacía de la escuela un dolor de cabeza. Su padre, al verla crecer, empezó a mirarla de una manera incómoda, lo que convirtió su relación con él alejada.

Solo había un libro que la hacía concentrarse y le creaba un sentimiento de belleza y paz: Encender el fuego, de Jack London, trataba sobre un hombre que debe encender una fogata para no prevalecer ante el frío inclemente; su supervivencia se basaba en que el fuego prendiera. Fue una casualidad que llegara a su vida, ya que era un trabajo que debía entregar después del verano. El libro la cautivó y extrañamente entendía lo que realmente el autor quería plasmar, que el protagonista lo que quería era morir, era la búsqueda del final, no sin antes enfrentar las fuerzas titánicas de la muerte; el profesor, al leer el trabajo, lo ridiculizó y lo expuso ante la clase, pero Junko sabía que todos estaban equivocados.

Junko terminó huyendo de casa; sacó de los ahorros del papá suficiente dinero para vivir por un periodo de tiempo. Desde Tokorozawa, montó un tren sin rumbo fijo hasta llegar al pueblo de la prefectura de Ibaraki, donde rentó un piso.

Junko vivía con su novio Keisuke, 2 años mayor que ella, matriculado en una universidad de segunda y que surfeaba por las playas donde vivía Junko. Así la conoció, como conocería y entablaría una amistad con el señor Miyake. A la medianoche recibe una llamada del señor mientras Keisuke tocaba guitarra; le decía que estaba todo listo y que se vieran en la playa. Junko le ofrece a su novio que la acompañe, y este de mala gana la acompaña.

Desde hace un tiempo, Miyake y Junko mantenían una amistad curiosa y misteriosa. Miyake era un señor ya mayor, con algo de sobrepeso y que no tenía nada en común para mantener un lazo con una joven como Junko, salvo que ambos sentían una fascinación extraordinaria por el fuego. El señor Miyake, que anteriormente había sido boy scout, sabía hacer fogatas impresionantes, y compartió junto a Junko esa rara fascinación, que repentinamente en la madrugada o en cualquier momento llamaba a su amiga para juntar leña y hacer un fogón que duraría horas mientras observaban. Esa noche el océano, con sus implacables olas, dejó un sinfín de leña traída por el oleaje. Cuando Junko llegó, el señor Miyake y su novio Keisuke se pusieron a recoger leña. Keisuke le pregunta al señor Miyake cómo se sentía al saber que él provenía de Kobe, con todo lo del terremoto, y muy testarudo, como casi siempre, le respondía. Le dijo que le daba igual, ofreciendo un trago de whisky para dar por finiquitada la conversación.

La relación entre Junko y Mizake comenzó cuando ella trabajaba en una tienda de comestibles; el señor Miyake iba 2 veces al día a comprar los mismos insumos sin falta. Curiosa, se atrevió a preguntarle la razón, y este le respondió que no tenía nevera, y que por ningún motivo compraría una para su casa. Junko pensó de él como un hombre extraño hasta que lo vio en la playa hacer fogatas. De alguna manera, compartían el sentimiento de libertad al observar el fuego consumiéndose, por lo que cada vez que Miyake hiciera fuego, llamaba a Junko.

Keisuke, después de acompañarlos un rato, parte a su hogar en la madrugada. Con sueño y algo aburrido, le dice a Junko que se va a dormir. A diferencia de otras noches, Junko se atreve a preguntarle sobre su vida. El señor Miyake le dice que su exesposa y sus 2 hijos viven en Kobe, pero que no mantiene ninguna comunicación con ellos; además, confiesa que le tiene miedo a las neveras, ya que desde tiempos remotos sueña con que va a quedar atrapado en una, y moriría por asfixia. Junko comprende al señor Mizake, le pregunta además de qué vive, y este le comenta que de pintar; su última obra se llama “Paisaje con plancha”. Junko estalla de la tristeza por sentirse tan vacía, llora con mucha fuerza mientras el señor Mizake la consuela; le propone si desea morir, a lo que ella responde que —Sí—. El señor Mizake le dice que sea después de que se consuma el fuego. El señor Mizake esperaba que el fuego se consumiera mientras Junko dormía en su hombro.

Relato 3.— Todos los hijos de Dios bailan

La madre de Yoshiya tenía 43 años en el momento en que se narra esta historia; elegante y de facciones delicadas, su estricta dieta y el ejercicio que realizaba diario la hacían aparentar menos de 35, por lo que Yoshiya parecía más bien su hermano menor. Yoshiya era considerado el hijo de Dios según la secta religiosa del señor Tabata, ya que su alumbramiento no pudo ser otra cosa que un milagro del señor.

La madre de Yoshiya fue promiscua en su juventud, manteniendo relaciones sexuales con distintos jóvenes; ya en segundo año de bachillerato había quedado embarazada. En el hospital, según la recomendación de una amiga, fue a ver a un ginecólogo para practicarse un aborto; al doctor que la atendió le faltaba un lóbulo en una de sus orejas, debido a un accidente con un perro en la infancia. El doctor le explicó que debería usar preservativos a la hora de tener relaciones sexuales, pero la mamá de Yoshiya siempre los usaba, por lo que creyó que entonces se debía a que no lo estaba usando de manera correcta. Tiempo después volvió a ver al doctor en el hospital por la misma circunstancia; la madre de Yoshiya estaba perpleja porque siguió las recomendaciones que le dio. El caso fue que el doctor y la madre de Yoshiya se relacionaron en la intimidad los meses, y pese a que en los actos íntimos con el doctor hubo una extrema precaución, la madre de Yoshiya quedó embarazada de nuevo. Con un arrebato de ira abandonó a la madre de Yoshiya ante sus súplicas y promesas de no haber estado con otro hombre, creyéndose que se debía a una infidelidad que a un supuesto milagro de la concepción. La madre de Yoshiya optó por dejarse morir, hasta que el señor Tabata la recogió deambulando por las calles. Al contarle su historia, le hizo saber que era un milagro de Dios, que iba a ser varón y llevaría el nombre de Yoshiya. El presagio de Tabata se cumplió, y la madre de Yoshiya optó por ser un siervo leal ante Dios por el resto de su vida.

Yoshiya se despertó con tremenda resaca y sin recordar nada de la noche anterior. Trató de pedirle ayuda a su mamá, pero recordó que había partido con la secta religiosa hacia Kobe para ayudar a los damnificados hace varios días. Últimamente, sentía la necesidad de irse de casa, pero a sus 25 años, con un trabajo en una editorial, no se había atrevido por lo que podía pensar su madre, como aquella vez de adolescente que le dijo que no creía en Dios, y fue después de unos días que volvió a comer y hablar. Por la posición del sol debían ser las 11:00 de la mañana, y su turno de trabajo era dentro de una hora. Como pudo, intentó arreglar e ir lo más rápido posible al trabajo, para evitar una confrontación con su jefe; en el camino no dejaba de pensar en que no podía ser un hijo de Dios, porque un hijo de Dios no sería ni torpe, ni malo en los deportes, y tampoco tendría una resaca que le hiciera creer que así se debía sentir la muerte.

Al salir del trabajo, iba en el tren cuando vio a un señor algo canoso, con entradas; era un doctor, y lo más curioso era la falta de un lóbulo en su oreja. Al saber de la historia de su madre con el doctor, y a sabiendas de que, si de tener un padre se trataba, sería él, sin inmutarse o flagelarse, lo siguió. La persecución se alargó; el doctor, al bajarse, se montó en un taxi, por lo que Yoshiya hizo lo mismo hasta llegar a las lejanías de la ciudad, con casi ninguna alma por los alrededores. Después de pasar un cementerio de vehículos, el hombre se metió por un callejón estrecho y Yoshiya le perdió el rastro. Al llegar Yoshiya al final del camino, llegó a un campo de béisbol de un barrio desconocido. Yoshiya, perplejo por perder al que sería su supuesto padre, y también por no entender qué buscaba, se montó en el montículo de la cancha de béisbol y, con su forma peculiar de danzar, bailó. Pensando en cómo no quiso casarse con una novia que tuvo por ser hijo de Dios, y las últimas palabras del señor Tabata antes de morir.

Relato 4.—Tailandia

Satsuki escuchó a la azafata decir algo en un inglés que, por su acento, no entendió bien qué decía; además, el calor sofocante evitaba que se concentrara en leer el libro que traía a bordo. Aún faltaba mucho para llegar a Bangkok. ¿Era la llegada de la menopausia? Lo creyó por un momento al ver que, entre los pasajeros, parecía la única sofocada. La azafata dio un aviso preguntando si se encontraba un médico en el avión; Satsuki presionó el llamado y se puso a la orden.
Satsuki era una doctora especialista en las glándulas de tiroides. En 4 días se celebraba en Tailandia el congreso anual de los especialistas en dicho caso, pero siempre se sentía más como una reunión familiar; no era un gremio tan diversificado por el mundo; si hubiera alguien que no se conociera, inmediato lo haría. Su estancia en Tailandia la ocupó exclusivamente a estar con los amigos que hizo en Detroit, sus más allegados y afines. Trabajo cerca de 10 años en la Universidad de Detroit. Podía estar cerca de estar a unos años de ganar el Premio Nobel, pero su marido americano, que era un inversionista, la engañó con otra mujer. Convirtió 3 años de pesadilla por el divorcio, un día donde, en el tumulto de sus problemas, rayaron y partieron los vidrios de su coche con un mensaje que decía “coche japonés”. El policía que llegó le dijo a Satsuki que se comprara un carro americano y ya. El suceso definitivo para mudarse de nuevo a Japón. Quedó de encontrarse con sus amigos nuevamente y, tal como tenía previsto, tomó la limusina que la llevó a sus 4 días de vacaciones al hotel, donde tomará, nadará y leerá sin descanso. Su chofer se llamaba Nimit.

Su chofer era un hombre interesado en conocer la doctora, y en el camino pudieron entablar una amistad; tenían bastante en común, como el gusto por la música jazz. Le preguntó de qué parte de Japón era, por lo que le respondió Kioto, muy cerca de Kobe. Nimit le preguntó si conocía a alguien que conociera en Kobe, a lo que respondió que —No—. Pero no era cierto, allí vivía aquel hombre. La pregunta le hizo sentir el deseo de que alguna piedra hubiera acabado con aquel hombre.
Los 4 días nadó lo que quiso, comió tanto como pudo y se relajó como para no pensar en nada. Nimit era el chofer guía más diligente de toda Tailandia, hablaba muy buen inglés, trabajó 33 años para un joyero noruego, y este le dejó, después de muerto, su Mercedes-Benz y los discos de jazz.

El último día le pidió un favor, que la acompañara a una aldea cercana; claramente había una diferencia entre el hotel en el que se hospedaba y el pueblo pobre en el que estaban. Con un profundo misterio entraron a una choza pobre donde vivía una mujer muy anciana. Le pidió que tomaran asiento y le pidió a Satsuki que extendiera los brazos. Por 10 minutos la señora tocaba y respiraba profundamente con los ojos cerrados, hasta que le dijo: —Tiene una piedra dentro, grande y dura como el puño de un niño; en la piedra hay algo escrito, pero no lo comprendo porque está en japonés. Es algo muy antiguo, debe llevar mucho tiempo con usted, debe deshacerse de esa piedra, porque si no estará adentro de usted hasta después de muerta—. Se hizo un silencio y la anciana continúa: —Dentro de poco usted soñará con una serpiente muy grande, que poco a poco va a estar saliendo de un agujero. Cuando tenga más o menos un metro de asomada, agárrela por la cabeza y, así tenga mucho miedo, por nada en el mundo la suelte, hasta que vuelva a despertarse; así la serpiente se comerá la piedra, ¿ha comprendido? —Aunque la doctora no comprendía bien, Nimit le dijo: —Ese hombre todavía no ha muerto, ni ha sufrido ningún rasguño. Quizás no sea eso lo que deseaba, pero así es mejor—.

En la noche la doctora lloró largamente; fue consciente de que en su interior tenía una piedra blanca, por culpa de aquel hombre. Pensó en el niño que no había nacido; lo había arrojado a un pozo sin fondo y había odiado al hombre por 30 años. De cierta forma, ella había deseado y provocado el terremoto. Vivir y saber morir, en cierto sentido, tiene un dolor equivalente.

Nimit la recogió en la mañana para llevarla al aeropuerto. Le habló de que su jefe noruego le hablaba mucho de dónde provenía, donde se podían ver osos polares, y la extrañeza de su vida sumamente solitaria. La doctora se atrevió a comentar —Entonces, ¿para qué viven? —Nimit, un paso adelante y con cierto conocimiento de lo que respondería la doctora, le respondió: —Entonces, ¿para qué vivimos nosotros? —Nimit no le permitió hablar del sueño ni de la anciana de la aldea— solo tienes que esperar el sueño—. La doctora Satsuki se sentó en él, haciendo que la iba a devolver a Japón; se recostó y se durmió con un solo pensamiento: debo esperar a que aparezca la serpiente.

Relato 5.- Rana salva Tokio

Katagiri llegó a su apartamento después de su jornada laboral, sin imaginarse que sentado en sus muebles, una rana auténtica de 2 metros estaba sentada en su mueble esperándolo. Al verla, quedó pasmado y boquiabierto. La rana, que hablaba el idioma de los humanos, trató de tranquilizarlo al ver los nervios del señor Katagiri. Con un dialecto culturizado y respetuoso, se excusaba con una gran disculpa al entrar a sus aposentos sin agendar una cita, ofreciéndole una taza de té, mientras continuaba diciendo que el motivo de su atrevimiento se debía a que el 18 de febrero a las 8:30, un terremoto iba a azotar Tokio, donde el saldo de muertos iba a ser 150.000 personas. Muchísimo peor que el del mes pasado en Kobe, y su epicentro iba a ser cerca del ayuntamiento, justo debajo del edificio donde se hallaba el departamento de gestión de préstamos de la caja de crédito y seguridad de Tokio. Todo debido a que Gusano había despertado de un gran sueño por el terremoto de Kobe, y se había propuesto destruir Tokio. Katagiri creyó que se trataba de una broma pesada de algún programa de televisión, por lo que le preguntó si era una rana de verdad, a lo que Rana respondió con un —¡Croooooooac!— tan fuerte que no dudó, ya que se trataba de una rana real.

Katagiri era un hombre sencillo, más bien penoso y poco instruido. Trabajaba para el departamento de gestión de préstamos de la Caja de Crédito y Seguridad de Tokio; él se encargaba de recaudar devoluciones. En la época dorada de Japón, dieron un crédito ilimitado a todo quien llegara, pero la burbuja había estallado en los 90, y la bajada del mercado y de los inmuebles generó una tormenta de “sálvese quien pueda”. El jefe de Katagiri lo instruyó para que sacara todo el dinero que pueda, por poco que sea. Posiblemente, era uno de los trabajos menos deseados, ya que nadie estaba dispuesta a devolver su dinero. A veces debía cobrar en el barrio de Kabukicho de Shinjutin, una zona muy violenta dominada por la mafia coreana, la china y los yakuzas; muy generalizada estaba la creencia de que allí se evaporaba gente. Katagiri, por su indiferencia a la hora de no temerles a los criminales, ponía a más de uno nervioso ante su actitud de cobrador frente al gremio criminal. Katagiri no estaba casado, tenía 2 hermanos de los que se hizo cargo por el fallecimiento de sus padres cuando eran niños, les pagó la universidad y les había conseguido que pudieran casarse, sacrificando gran parte de su vida y sus ahorros. Ahora, una rana estaba sentada en su mueble ofreciéndole un té y pidiéndole ayuda para evitar un terremoto por parte de Gusano, donde deberían combatir a muerte justo debajo del edificio donde trabajaba.

Rana sabía toda la vida de Katagiri, pero como notaba aún algo de escepticismo en Katagiri, no podía contar con su ayuda para salvar a Tokio. Le hizo saber sobre el último crédito que tenía que hacer, el cual era de un cliente peligroso perteneciente a las mafias del barrio de Kabukicho, y que esperara hasta mañana en la tarde noticia sobre él. Se largó Rana, y solo quedó su taza de té como única prueba de su existencia.

Al día siguiente en el trabajo, Katagiri recibió la llamada del abogado de su deudor, donde pagaba la totalidad del crédito y de los intereses, con la única condición de que le avisaran a Rana que ya la deuda estaba saldada. Rana visitó a Katagiri para planificar la estrategia que iban a usar contra Gusano. Por supuesto que contaba con su ayuda, y sabía que estaba dispuesto a sacrificar su vida a sabiendas de que nadie iba a saber de su heroísmo, pero dudaba que fuera de ayuda, porque en Tokio tenía personas que por supuesto eran más fuertes que él, o más inteligentes. Rana consideraba a Katagiri la persona más valiosa de la humanidad; le recordó su sacrificio hacia sus hermanos, sus estudios y una vida plena a costa de la de él, pese a que más bien ni lo querían ni le agradecían; no estaba molesto por ello. —Solo Tokio puede ser salvada por usted, y estoy dispuesto solo a salvarla por personas como tú —le dijo Rana. En la noche del 18 de febrero, quedaron en que estarían hasta tarde en el trabajo y bajarían al subterráneo para combatir a Gusano.

El 18 de febrero en la tarde, cerca de la 1 de la tarde, un hombre joven se acercó a Katagiri mientras hacía su trabajo. Desenfundando una pistola, le disparo 2 veces al señor Katagiri, que cayó abatido instantáneamente, sumido en un absoluto negro. Cuando despertó, notó que se encontraba en el hospital, y le consultó a la enfermera qué hora era, resultando ser la mañana del 19 de febrero. Por extraño que pareciera, le pregunté si había ocurrido un terremoto, a lo que respondía con una negativa. Rana fue horas después al hospital, claramente muy herido, pero feliz de ver a su amigo. Le dijo que no había logrado vencer a Gusano; técnicamente fue un empate, pero consiguió que no ocurriera el terremoto. Le hizo saber a Katagiri que, gracias a él, que estuvo presente en la batalla de forma mental, consiguió las fuerzas que necesitaba para no desistir, a lo que instantes después falleció.

Relato 6.- La torta de Miel

Junpei le narraba a Sara la historia del osito Mashakasi y de su inteligencia para conseguir miel. Era la madrugada y Sayoko lo había llamado porque su hija se despertaba aterrada sobre un supuesto hombre viejo, flaco y alto, “el señor terremoto”; todas las noches la atacaba y la metía adentro de una caja pequeña que le provocaba que le partieran las articulaciones. Desde el terremoto de Kobe, Sara había estado viendo en la televisión todas las noticias e imágenes del terremoto, y de allí en adelante empezaron sus pesadillas. Sayoko, su mamá, optó por llamar a su amigo Junpei, un escritor que conoció en la universidad. Al acostar a la niña, planifican un viaje para el zoológico, Sayoko, Sara, Takatsuki y él.

Junpei era un chico de Kobe. Tímido de cuando entró a la universidad, sus padres querían que su hijo estudiara comercio para continuar la herencia del negocio familiar, pero Junpei escogió literatura en su lugar sin ningún remordimiento, ocultando la verdad a sus padres para evitar que cortaran el pago de la universidad. Había estudiado en un colegio de hombres, por lo que nunca se había enamorado; además de ser tímido y poco conversador, solo un lector ávido. En el comedor, un chico, siendo todo lo contrario a él, corpulento, seguro y alto, le tocó el hombro para invitarlo a comer; su nombre era Takatsuki, y se podría decir que su amistad no era compatible. Takatsuki había sido rechazado ya 2 veces en la universidad por su bajo desempeño; optó por literatura porque fue por lo que pudo optar, pero siempre fue optimista y se dijo a sí mismo que sería periodista y aprendería en el camino. El mismo procedimiento en conocer a Junpei lo hizo con Sayoko; la invitó a comer y juntos formaban un trío muy unido. Sayoko compaginaba mucho con Junpei, ya que ella también era una lectora ávida, y discutía constantemente con Junpei de las nuevas tendencias y qué novelas eran mejores.

Por supuesto que no pasó mucho para que Junpei se enamorara perdidamente de Sayoko, aunque su miedo al rechazo y a no reconciliar en un futuro una amistad que le agradaba siempre le hacía aplazar la propuesta de un noviazgo en el futuro. Su amigo Takatsuki le confesó que amaba a Sayoko y le iba a proponer ser su novia. Un perturbado Junpei por la noticia no mostró asombro ni disgusto, pero fue al ver que Sayoko había aceptado a Takatsuki, lo que le hizo pensar abandonar la universidad e irse lejos. Al quinto día en que Junpei no fue a clases, recibió la visita de Sayoko preocupada, pensando que podía estar muerto. Sayoko le pidió que por nada en el mundo la dejara, que lo quería mucho y no sabría qué haría si desapareciera de su vida, que lo Takatsuki no cambiara en absoluto lo que tenían. Las lágrimas de Sayoko convalecieron el alma de Junpei y no hacía más que abrazarla y oler sus lágrimas. Un choque de labios ocurrió, pero Sayoko recuperó la compostura sabiendo que lo que hacía estaba mal, al igual que Junpei. Sea lo que sea, Junpei al día siguiente volvió a clases y continuó la amistad con Takatsuki y Sayoko.


Al graduarse de la universidad, los padres de Junpei se enteraron de que su hijo llevaba todo este tiempo engañándolos con la carrera que estudió; una acalorada discusión tuvo como suceso la lejanía completa entre Junpei y su familia. Pese a que solo era escritor a media jornada, y que sus ingresos bastaban para subsistir con lo mínimo, Junpei no dejaría de ser escritor. Una serie de cuentos y publicaciones lo hicieron estar nominado en el prestigioso premio de Akutawa, solo que nunca lo ganó, y siempre fue denominado como “el que siempre estuvo cerca, pero nunca alcanzó la gloria”. En todos esos años nunca se casó, ni tuvo hijos. Sayoko y Takatsuki se casaron al salir de la universidad; Takatsuki se convirtió en un periodista reconocido en el ámbito, y Sayoko en profesora de literatura. La amistad creada en la universidad nunca dejó de estar presente; alrededor de 2 a 4 veces a la semana se reunían para charlar y reírse un rato. Pareciera que la pareja de casados se sentía más cómoda cuando estaba Junpei.

Sayoko quedó embarazada, por lo que se dio de baja en el trabajo; Junpei sería el padrino de su futura hija. Se llamó Sara gracias a que fue el nombre que más gustó como propuesta de Junpei. Daba la impresión de que Sayoko y Takatsuki eran una pareja que iba encaminada hacia la felicidad, pero a los 2 años de nacer Sara, Takatsuki tenía una amante y un divorcio vino en camino. Junpei no podía creer lo sucedido, ya que su amigo siempre le dijo que Sayoko era la mujer perfecta. Independientemente del suceso, las reuniones continuaron en casa. El día que Takatsuki iba a ver a Sara, iba Junpei con él, con que en ciertas ocasiones, por temas del trabajo, Takatsuki no iba, y se sentaban en la mesa Sayoko, Sara y Junpei nada más, por lo que cualquiera externo al conocimiento, juraría que se trataba de una auténtica familia.

Cuando ocurrió el terremoto de Kobe, Junpei se encontraba en Barcelona, España; pensó por un momento en llamar a su familia, para saber si estaban bien, pero se dio cuenta de que no tenía ningún lazo que lo uniera con su familia. —No tengo raíces, no estoy ligado a nada—.

El día de ir al zoológico, Takatsuki no pudo asistir, ya que una importante entrevista con las autoridades encargadas en los asuntos de logística y sanidad del terremoto cedió a responder preguntas. Junpei, Sayoko y Sara llegaron a la jaula de los osos, por lo que Sara pregunta si aquel oso era Masakashi. Junpei afirmó que no, que se trataba de su amigo, que antiguamente fue su enemigo Tokichi, bruto y egoísta. En un cuento algo triste, pero con un énfasis en que la amistad de los osos prevalece, Masakashi estaba perdido en las montañas y Tokichi fue apresado y llevado a un zoológico, una alusión a su amistad con Takatsuki que Sayoko notó mientras lo contaba.

Al llegar a casa, Junpei se quedó un rato más tomándose una cerveza con Sayoko, esperando a que Sara se durmiera y que el señor Terremoto no llegara. Entre un juego y otro, Sayoko y Junpei tuvieron un acalorado beso que le recordó vivamente aquel que se dieron años atrás en su habitación. En pleno acto sexual, fueron sorprendidos por Sara, que según el hombre terremoto le dijo que fuera al cuarto de su mamá. Sayoko terminó durmiendo con su hija, y Junpei en el sofá, reflexionando en todas esas veces que fue un tonto en no darse cuenta de que siempre Sayoko estuvo para él, pero que nunca tuvo el valor de actuar, dejándose llevar por la melancolía y su soledad. Ahora, al ver a Sara y Sayoko durmiendo, se prometió que nunca dejaría de cuidarlas, así la mismísima tierra temblara y rugiera.

Análisis


El retrato de un dolor que hierve internamente en los protagonistas, que son sacudidos por el terremoto que azotó Japón en 1995, y que los lleva a enfrentar sus realidades, tal cual un sismo, para sobrevivir y darle un significado a su existencia. Vemos en los personajes un retrato del dolor de algunos individuos que no logran enfrentar aquello que los vulnera, los deprime, en una sociedad viva y en constante movimiento que los acorrala en un estado de sufrimiento silencioso por un tiempo largo. El terremoto de Kobe movió o derrumbó los cimientos de lo que creen o de lo que hacen. Por un lado, vemos el conflicto del que se supone que es el hijo de Dios buscando a su padre, tanto como el que todos conocemos, o el que él cree que es el biológico, o un señor que conversa con una rana de dos metros sobre la salvación de la ciudad en una lucha llevada al subterráneo. Son, en fin, vidas que cambian bajo la influencia directa o indirecta del terremoto.
Haruki Murakami retrata el dolor de muchos individuos que llevan una batalla antigua consigo mismos, y el mejor escenario no puede ser más que el de un país que genera admiración mundial, como lo es Japón. El terremoto de Kobe y la manera en que las instituciones actuaron fueron el punto de partida para la desconfianza general de la sociedad japonesa. Un crecimiento sin precedentes, y los sueños de convertirse en la segunda potencia del mundo desaparecieron repentinamente, porque demostró que, bajo circunstancias extremas, seremos testigos de infames tratos y perjudicados por decisiones absurdas de parte de los considerados protectores, como de la ayuda incondicional de personas mal juzgadas y de poca expectativa.

Los protagonistas reflejan bajo su historia que el terremoto de Kobe los presiona a tomar la decisión definitiva que cambiará el rumbo de las cosas. En el primer relato nos presenta cuando solo dejamos fluir sin tomar acción ninguna en los sucesos, ignorar por completo y no tomar cartas en el asunto. En el segundo, con la joven que se escapa de casa, la total rendición y el escape más sencillo, la muerte para huir de la adversidad. El tercero es la sátira de las circunstancias, danzar ante el momento definitivo en descubrir o buscar algo tan recurrente en el desarrollo de tu vida. El cuarto es la espera, creer la suficiente fortaleza y la paciencia suficiente para que deje de existir lo que te perturba, y descubrir que a veces se tiene que agarrar a la serpiente por la cabeza. El quinto es el despertar, la valorización completa de ti y el paso definitivo a ser el héroe y salvador de tu propia vida, y el sexto, la segunda oportunidad y el valor a enfrentar, ya sea con miedo, los retos que se te vienen encima.

Después del terremoto podría ser una alegoría que nos sirve para reflejarnos en situaciones propias y los posibles resultados a las decisiones que tomemos para enfrentar ese sismo que viene. Ninguno de los relatos tiene un cierre definitivo, y deja al lector, bajo su criterio y su imaginación, el desenlace de las vidas narradas. No hace falta un suceso extraordinario como un terremoto para esperar actuar. Lo más importante que se puede hacer es que, dentro de las posibilidades mismas que se abren camino bajo las apreciaciones y las acciones que uno vaya acometiendo, si un terremoto se avecina, ese suceso natural inevitable, procura actuar como se debe, no como se quiere.

Nos gusta creer que es posible vivir sin tener que enfrentar problemas, ignorando que un problema es, al fin y al cabo, una causa maravillosamente irónica para sentir que se existe.

José M. León

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