Lo difícil de vivir en Cuba (Libro) Leonardo Padura

Aquello estaba deseando ocurrir: una mirada íntima del sentir cubano


Resumen, análisis y punto de vista

Cuba es un país que a lo largo de las décadas ha llevado un debate intenso entre los detractores y seguidores de su modelo social, político y económico. El epicentro ideológico que sirve como referencia a la aplicación de una doctrina con millones de seguidores y detractores esparcidos por el mundo. Pese a su pequeño tamaño y población, aún ostenta una influencia abismal en los acontecimientos del mundo que, para bien o mal de los cubanos y otros nacionales, forman parte significativa de la guerra cultural-política mundial.

Si dejamos de lado las pasiones y la discusión intelectual, y nos adentramos de relleno en el país habanero, veremos que es el caluroso pueblo como el cubano ha caído en el abismo de la pobreza y los sueños frustrados. El exilio, la frustración y la nostalgia son el sentir diario de una población que no es dueña de sus sueños o su trabajo, un territorio que añora mucho, que desea un cambio, que se cumpla lo prometido, pero solo tiene el recuerdo del pasado y decisiones que en cierto momento desearon que ocurrieran.

El escritor Leonardo Padura, oriundo de la paradisiaca isla caribeña, y el más reconocido autor cubano internacionalmente en la actualidad, es de los pocos ciudadanos que sutilmente critica con sutileza su gobierno, haciendo vida misma dentro del país. Famoso por las sagas policiacas del detective Mario Conde, nos trae 13 relatos del cubano habitual, aquel que se desarrolla dentro del conglomerado de la historia iniciada con la revolución cubana de 1957. Hombres y mujeres que esperaron un rayo de esperanza que nunca ocurrió, ese llamado de acción determinante para el cambio del destino y la suerte.

La mayoría de los personajes de la historia sufren las penurias del pasado; los persigue como recordatorio de algo que pudieron ser, pero nunca ocurrió. Son exiliados fuera y dentro de sus países porque no les pertenece, de cierta manera, su propia vida, y solo tienen de posesión sus añoranzas y sus pensamientos íntimos, dándonos una idea de lo que pueden significar las expectativas de los humanos que son reprimidos hasta socavar el espíritu.

De distintas profesiones, clases y vidas, “Aquello estaba deseando ocurrir” nos refleja una Cuba nostálgica, dentro y fuera de sus fronteras. Un amor profundo a la patria, pero no al destino; he aquí el resumen de varios de los cuentos del libro.

Resumen


La Puerta de Alcalá

Mauricio es un soldado cubano en la guerra de Angola; nos narra que cuando se despierta una mañana, una noticia en el periódico lo altera por completo: una inminente invasión de Sudáfrica lo puede llevar al combate. En ese momento decide hacer lo más digno ante tal revelación: limpiarse con el papel de la primera plana el culo.

Mientras hojeaba el resto del periódico, un artículo absorbe su atención: del 23 de enero al 30 de marzo estaría abierta en el Museo del Prado la llamada exposición del siglo, donde se reunían, por única vez, todas las obras del pintor Diego Velázquez. Sumamente pesimista, le afirmaba lo que siempre había pensado todos los días en Luana, de que el mundo es una mierda, porque mientras él estaba metido en una guerra africana, en Madrid podían disfrutar de las obras del artista que más obsesión le generaba; frente a todo, optó por algo que sonaba imposible bajo las circunstancias en que se hallaba.

Mauricio era periodista, además de militar, y sus funciones eran más de escritor que de soldado. Su jefe, Alcides, era el director general de un diario cubano, y junto con su comitiva se encargaba de publicar sobre la guerra y otras cosas.

Alcides no pudo evitar reírse cuando esa misma mañana Mauricio llegó con la idea de que financiaran un viaje de él para Madrid a ver la exposición. Por supuesto, preguntó si estaba drogado o borracho; muy seriamente, Mauricio razonó los motivos por los que se debía ir a ver esa exposición de tal magnitud. Lo que llevó a una discusión de las complicaciones de hacer algo así.

Un problema era el financiamiento, ya que ni ellos mismos tenían en el campamento unas condiciones dignas, hartos de la comida enlatada y la baja calidad de los servicios. Adicionalmente, podría ser algo irrelevante en un diario pobre que mayormente se interesaba en el conflicto real y trascendental en el que Cuba prestaba a sus soldados a un país africano. El riesgo de que Mauricio usara de tapadera la visita de la exhibición para no volver otra vez era latente. El jefe siente un real aprecio hacia Mauricio, una camaradería que solo existe en la guerra, y quería ayudarlo de verdad, pero el problema de que Mauricio no volviera le daría un gran inconveniente con su supervisor y el gobierno.

Su jefe, ante la petición de Mauricio, decide que lo va a ayudar, que le dé un momento a ver qué se puede hacer. Lo que hace recordar a Mauricio el motivo real de su gusto por Velásquez. Al llegar Angola, la única librería que consiguió en Luanda vendía 3 libros; uno de ellos era el de “Las obras de Velásquez”. Era obvio que no eran libros nuevos; el libro de Velásquez tenía la firma y nombre de su antigua dueña, “María Fernanda”. Mauricia se la imaginaba hermosa, con falta de amor, por lo tanto, romántica. Noto los remarques de María Fernanda en el libro, frases y opiniones; aunque fuera remota la posibilidad, soñaba con encontrarse con ella en la gran exposición de Velásquez. Hacerle saber a ella que lo acompaño con su libro en todo su periodo en Angola.

El jefe llega con la noticia de que le consiguió un vuelo hacia España; partía el 3 de marzo y llegaba en la tarde, para el día siguiente en la mañana partir hacia La Habana. Con el notición y el favor que le hizo, lo invitó a tomar para celebrar. Se prometieron verse en La Habana, partiendo Mauricio a los días.

Había llegado en la tarde; nada más llegar, le impresionó la limpieza del aeropuerto de Madrid, ya que estuvo 2 años por las calles de Luanda, donde solo viento y la lluvia limpiaban la ciudad. La emoción era grande; sabía que si no llegaba a tiempo se podía perder de tal evento único, porque, sea lo que sea, su vuelo partía al día siguiente. Prometió no ver el reloj hasta llegar al museo.

Nunca se esperó que, dentro de las políticas del Museo del Prado, los lunes no abrieran, y que, pese a que haya viajado desde Angola exclusivamente para ver la exposición de Velásquez, nada se podía hacer. Mauricio se reafirmó que en definitiva la vida es una mierda, porque solo una pared lo separaba de embriagarse de Velásquez, pero por obra del destino. Nunca lo haría.

Con solo 16 dólares para matar el tiempo que le quedaba en Madrid, caminó hasta la puerta de Alcalá, decepcionado, pensando en todo, en María Fernanda y su imposible encuentro con ella, y la triste coincidencia de que un lunes había fallecido su madre, como también un lunes se casó, y un lunes asesinaron a un amigo suyo. Optó por matar su hambre con un cocido madrileño, pero una silueta de un hombre vestido elegante llamó su atención. El hombre también lo miró, y se fueron a saludar con mucha emoción.

Frankie, su amigo de toda la vida, lo tenía en frente. Inseparables toda su vida, iban al estadio y a los bares. Mientras Mauricio estudiaba para ser filólogo, Frankie lo hacía, pero para la carrera de arquitectura, compartiendo sus gustos por la lectura. La inesperada visita de la novia de Frankie alertó a Mauricio, ya que según había huido de Cuba. Sin avisarle a nadie, ni siquiera a sus padres, y pese a la esperanza de que su amigo algún día escribiera una carta, o apareciera mucho tiempo después en la casa de sus padres, nunca apareció, hasta esa tarde en la puerta del Alcalá.

Se pusieron al día mientras tomaban un whisky. Su amigo Frankie, para huir de Cuba, tuvo que hacerse pasar por maricón y perder todo contacto con cualquier allegado, yéndose a Estados Unidos, donde, con mucho esfuerzo y estudiando por la noche, sacó su título de arquitectura. Le iba muy bien, y cada año se daba el lujo de pasar sus vacaciones en Madrid, que, irónicamente, ese año él sí pudo disfrutar de las obras de Velásquez. Recordaron a sus padres, que aún seguían vivos, mientras que la madre de Mauricio había fallecido; lamentaba que su amigo, un hombre creativo e inteligente, no haya publicado su primer libro y que el destino le haya parado 2 años de servicio en Angola por una especie de castigo del régimen, al no presentar una fidelidad confiable con el partido, con la ideología y la patria. Mauricio habló de María Fernanda Velásquez y que pensaban que de eso escribiría, aunque en el fondo nunca lo haría, pese a ser lo único emocionante de su vida en ese momento.

Frankie trató de convencer a su amigo de dejar Cuba. Su pobreza y su vida estéril, que se iba secando cada vez más. Mauricio se negó tajantemente, no porque tuviera alguna fidelidad a su patria o fuera un hombre de palabra, más bien porque ya se estaba volviendo loco para el carajo y ya está. Dada la conversación y el hermetismo de su amigo, Frankie nota que será la última vez que verá a su amigo; llora por ello, por recordar algo que se había ocultado desde hace mucho tiempo. Mauricio lo consuela con que se fumen un cigarro y vuelvan a la puerta de Alcalá. Llegando, y pese a las propuestas de Frank de darle dinero, regalos o lo que fuera, solo le pide su caja de cigarros y su encendedor. Este, a cambio, le regala su libro de Velásquez, que anteriormente era de María Fernanda; se despide seco y fugaz, y cuando por fin ya se encontraba solo, lloro.

Nueve Noches con Violeta del Río

El comienzo de la fascinación para un joven pobre, revolucionario, tonto y emocional, que salía de las zonas rurales de Cuba para estudiar en la capital. Llegaba siendo aún menor de edad, becado y emocionado, que claramente no hay nada que le fascinara más que caminar La Habana nocturna, esa rampa llena de vida y de júbilo tropical, con un sinfín de bares, espectáculos y mezclas que solo puede ofrecer una noche habanera de los años 60. En esas idas y venidas encantadoras, los caminos del destino se entremezclaron en un cartel del bar La Gruta, la foto de una mujer hermosa, de cabello corto y rubio, cantando boleros; se trataba de Violeta del Río, y se presentaba todos los días de martes a domingo a las 11:00 de la noche.

La foto de la mujer le había atraído al instante, y no dejó de pensar en ella y curiosear sobre su género musical. El inconveniente se basaba en que no podría entrar al bar hasta que cumpliera la mayoría de edad, pero sabía meticulosamente qué hacer.

En el año 1967, recién cumplidos los 18 años, y con el suficiente dinero que debía ser destinado en realidad a la vestimenta o el calzado, se dirigió al bar de la gruta para por fin ver en persona a Violeta del Río. Entre los olores a cigarro y marihuana, busco el asiento más cercano al escenario con los nervios de punta, pidiendo un ron Collins, por el simple hecho de que le gustaba el nombre. Al salir Violeta del Río quedo impactado por su sensualidad a la hora de cantar, su erotismo, el encanto de la música bolera con el dominio total de Violeta del Río. Al terminar el show, la cantante agradecía su público para sentarse a fumar y beber su ron cotidiano hasta el cierre del local. Se volvió habitual. Cada noche asistía al bar La Gruta a tomarse su ron Collins escuchando el encanto de endiosada bolera, siendo tan intensas sus salidas nocturnas que se volvió fumador, mal estudiante y poco revolucionario.

Al verse peligrando su beca y el daño irresistible hacia su vida por su obsesión por los boleros de Violeta del Río, dejó de frecuentar el bar para centrarse, recuperar sus materias y su vida revolucionaria. Pasó sus vacaciones en su tierra natal. Al volver, sus actividades fuera de la universidad con sus amigos fueron voluntariamente lo más lejanas a Violeta del Río. Dos meses habían pasado para que la casualidad lo llevara de nuevo al bar de La Gruta, siendo que sus amigos conocían la presentación de la bolera y, para matar el ocio común entre los universitarios, se fueron para allá. Sus manos sudaban y el pecho le temblaba al saber que se acercaba la hora de su presentación, y solo bastó escucharla nuevamente para caer en la seducción de la artista. A diferencia de otras veces, Violeta del Río lo vio y le sonrió mientras cantaba, descolocándolo fuertemente, por lo que tuvo que salir del local por un momento. No podía permitirse continuar su trivialidad así; esperó a que sus amigos se fueran y confrontó su timidez de una vez por todas sentándose al lado de la bolera que tomaba su habitual ron con su cigarro. Violeta le hizo saber que sintió su ausencia, y lo invitó con un gesto a irse del local.

Pasaron 9 noches juntos en un motel de mala muerte; los sueños del joven pobre y revolucionario, que se veían tan lejanos, fueron la experiencia más intensa que haya vivido, pese a que ya había tenido práctica anteriormente. Una vez con la María del batallón, que socialmente desvirgaba a todo aquel camarada que lo quisiera, o la rusa atrevida que esperaba que su marido se fuera para pasear desnuda frente a la ventana, como oferta a todos los chicos del vecindario. Esto era muy distinto, transformaba la pasión, la poesía y la sensualidad de su canto al sexo, convirtiendo al pobre estudiante en una masa sin sesos, que no lograba describir la intensidad de sensaciones que le generaba Violeta del Río.

A la décima noche, fue nuevamente a verla; siguiendo el mismo hábito que se había creado, la veía cantar a las 11:00, para partir después a ser el hombre más feliz del mundo. Vaya sorpresa se llevó cuando el bar La Gruta estaba cerrado, con un cartel que avisaba que lo estaría indefinidamente. Desesperado, fue a los otros bares a ver si conseguía alguna señal de su diosa cantante, pero mayor sorpresa se llevó al saber que todos los bares estaban cerrando. En sus sueños nocturnos ignoraba que estaba ya en 1968, y el gobierno había optado por centralizar por completo la economía del país, un mega proyecto estaba por comenzar, LA GRAN ZAFRA AZUCARERA, donde se necesitaba a todas las personas activas para producir el suficiente azúcar para exportarlo y salir del subdesarrollo; el gobierno había declarado todos los bares de bolera y la gran mayoría de las representaciones nocturnas como actividades ilícitas, ya que promovía el estilo social burgués, y empañaba las mentes jóvenes a actos lascivos y poco revolucionarios.

Paso 18 días desesperantes buscando alguna señal de Violeta del Río. El problema es que ella nunca respondió a alguna pregunta, ni siquiera conocía su verdadero nombre; la única pista que lo pudiera llevar a ella fue alguna de las nueve noches en que se juntaron, verla partir en un bus de la ruta 68. Así fue como él emprendió el bus, y tanto a los choferes como en las paradas preguntaba sobre una Violeta del Río, que era cantante bolera, y si sabía dónde estaba. Pese a que cada vez era más lejano volver a saber de ella, un chofer por fin la había reconocido, y le hizo saber que cuando tomaba el bus de la ruta 68, se bajaba en una parada que solo podía llevarla a una zona llamada “El Calvario”. Fue sin reparo, ansioso y emocionado al calvario; allí reconoció al cantante que, antes de LA GRAN ZAFRA AZUCARERA, lo llamaban la voz de oro del bolero, quien no más que él iba a saber sobre Violeta del Río. Le respondió que sí, hasta hace 1 semana estuvo por el Calvario, pero que se la habían llevado a las haciendas del café, ya que el gobierno optó porque los artistas fueran trabajadores de la siembra ante el gran evento económico que se avecinaba.

Fue a parar allá, y todas sus desilusiones se terminaron cuando le avisaron que la gran bolera Violeta del Río, el mal más intenso de su alma, la perdición y el amor más desenfrenado que tendría, había escapado en una lancha a Miami, 2 días antes.

Era un capricho su fascinación, pero ya era 1998 y pasaron más de 30 años desde las 9 noches con Violeta del Río. Su recuerdo seguía vigente, y pese a que pensó que jamás volvería a formar parte de toda su vida, en su presente, ya siendo académico e invitado a un congreso de Miami, donde el reencuentro con muchos familiares y amigos que a lo largo de los años llegaron a la famosa ciudad americana, volvió a su juventud. La noche de celebración fueron a parar a un bar cubano donde cantaban boleros, y el ya no tan joven revolucionario, preocupado ante el presagio de encontrarse otra vez con Violeta del Río, ocurrió. Era ella, más anciana, pero con la misma fuerza con la que lo había atrapado con tanto esmero en su juventud, y todos los sentimientos que ya parecieron muertos y que era imposible por los 30 años de distancia, florecieron.

Pero frente a la posibilidad de revivir las nueve noches con Violeta del Río, su emoción, los sufrimientos que por años le habían quitado la capacidad de amar o tan siquiera ser feliz, el odio al volver escuchar boleros y el esfuerzo magnánimo en olvidarla para siempre, prefirió irse del lugar. Con las nueve noches con Violeta del Río ya era suficiente, porque a veces se debe soltar el pasado y no desear aquello que se deseaba.

Mirando el Sol

Son cuatro amigos, y el narrador cree que su mejor amigo es Alexis; se conocen desde antes de la escuela porque sus padres trabajan en el ministerio. Lo ve y deciden irse a tomarse un litro de alcohol con otro amigo llamado el Cao. Su amigo el Cao siempre tiene alcohol y pastillas para drogarse, ya que su madre trabajó en un hospital y puede sacarlas imitando su firma. Después de un rato sin hablar, se preguntan si hoy habrá pelea de perros y si tenían plata para apostar. Solo su amigo Alexis tiene, por el hecho de que le robó al papá una mercancía que vendió, por lo que se van para allá.

Alexis apuesta 300 pesos a un perro; aunque le dijeron que dejara 50 pesos para el ron por si perdía, él sabe que no lo hará, y en un combate indescriptible que dos animales son obligados a pelearse a muerte, gana el perro de Alexis. Los negros que apostaron al otro can, con los dientes bañados en dientes de oro, son los guardaespaldas del dueño del ring. Alexis se les acerca a los dos negros para cobrar los 100 pesos que le deben de la pelea, pero estos se amotinan contra él, le dan un culatazo y lo mandan callarse entre risas, dejando a Alexis muy molesto.

Pasan los días y Alexis está menos hablador. El Cao y el otro amigo, Jonavoti, invitan a 2 mujeres a la casa donde están tomando. Entre muchas pastillas y alcohol, empiezan a tener sexo entre ellos, pasándose a las mujeres unos a otros después de acabar; solo Alexis no participa, sigue muy molesto por la humillación que fue sometido por los negros.

A nuestro narrador le gusta ir a la iglesia; no reza ni sabe nada acerca de ella. En cierto momento, su familia se lo prohibía porque le podía traer problemas con el gobierno, pero con el paso de los años ahora es más relajado. Otro conocido llamado el Kakin tiene tremendo vehículo que su padre le deja cuando está de vieja; invita al Cao, Alexis y Jonavoti a la playa. Beben mucho y se meten al agua; solo Alexis se queda fuera. En eso, llegan otras conocidas que forman parte de la iglesia evangélica; les comenta al grupo que pronto partirán a los Estados Unidos, ya que su iglesia consiguió sacarles una visa. Ya de noche, entre más pastillas y más alcohol, el grupo de amigos repite lo de siempre, se comparten a las mujeres, solo que esta vez son las amigas evangélicas.

En la tarde del día siguiente, su amigo el Cao está narrando cómo él y Jonavoti le robaron a un turista alemán, cómo lo patearon, le robaron y casi se devuelven a patearlo otra vez por solo cargar unos míseros 10 $, que igualmente se usaron para comprar más alcohol. Alexis le pregunta a nuestro narrador si le puede prestar la pistola de su padre; este le comenta que por nada del mundo la suelta, por lo que Alexis le aconseja que espere a que este actúe cuando se quede dormido.

Se hace de noche y Alexis conoce dónde estarán los negros, carga la pistola con el arma del padre de su amigo, espera el momento apropiado y, cuando los ve, sale disparado a amedrentarlos. Uno de los negros intenta correr, pero es abatido al instante por Alexis; el otro se queda congelado, pero solo alcanzo a decir unas palabras cuando Alexis le descarga una bala en la frente. La gente empezó a gritar y el grupo sale corriendo; el problema vino cuando de la nada 2 policías vieron los sucesos y los persiguieron. Con la buena puntería de Alexis y sin dudarlo, mató a un policía, y el otro huyó.

Es un hecho que, por el asesinato del policía, tienen que partir lo antes posible para Estados Unidos; en la noche logran armar una barca y zarpan. Por días estuvieron recorriendo el Caribe, sin agua, sin comida y, peor aún, sin ron. El primero en morir es Alexis, que tratando de recoger el agua se cae y no sabrán más de él. Jonovati, que antes de la tragedia le emocionaba ir a los Estados Unidos para trabajar, dispuesto a dejar las drogas, el ron y las pastillas, no despierta después de mucho tiempo vomitando. Solo nuestro narrador, mirando el sol por hora, nota ver un helicóptero que se acerca, cagado de que pueda ser de la armada cubana, pero que al escuchar la voz en inglés se alivia.

La muerte pendular de Raimundo Manzanero

Sorprende al detective las causas de la muerte y vida de Raimundo Manzanera, ya que existen ciertas incongruencias en el caso por todos los años de experiencia y servicio como criminalista. ¿Un asesinato, o una víctima de su propio pensar? Por ende, es necesario leer su reporte para que cada quien saque las conclusiones de cómo una persona con un cargo tan importante dentro de la administración del gobierno cubano se ahorque sin más.

El pasado 21 de octubre a las 4:23, Raimundo Manzanero, que era subdirector económico en funciones de la dirección nacional del Can (Combinado Avícola Nacional), se ahorcó en su vivienda sin dejar nada escrito o algo verbal a sus allegados. Pareciera que el sujeto tenía un conocimiento amplio del tema, ya que la cuerda se encontraba desengrasada, la altura desde la horca al suelo está perfectamente calculada para un hombre de su estatura y, además, a la hora del ahorcamiento, murió por asfixia, por lo que no tuvo ningún desnucamiento; sus vértebras estaban intactas. Un dato extra del caso es que no se encontró la escalera para atar a la viga la cuerda. Lo más sospechoso de todo es que no dejó ninguna carta, puesto que las estadísticas indican que en el 99 % de los ahorcamientos, el sujeto siempre explicaba o justificaba su fatal situación.

Era el hombre menos apropiado para suicidarse, porque quebró todos los principios que se puede conocer a alguien. En primer lugar, estaba su militancia en el partido desde hace muchos años, representante del régimen, que trataba en lo posible ocultar la cantidad que cada vez más acrecentaba de suicidios. En segundo lugar, su participación religiosa en su juventud, llegando a ser monaguillo y una de las personas más destacadas de su iglesia; por último, su paternidad, padre de cuatro hijos, y el último de ellos con la edad de 3 años.

Pobre Raimundo, su partido lo concluyó como un incompetente por su actitud inconsciente frente a las dificultades. El párroco de la capilla de su velatorio se negó a oficiar las misas, porque el suicidio va en contra de los designios de Dios, por mucho que sea Raimundo un participante activo y destacado del núcleo religioso. Su esposa comentó a sus allegados que ni Dios, ni el partido y mucho menos ella le darían el perdón por sus actos, por dejarla en una situación tan vulnerable. Solo unos pocos familiares y amigos, más un solo compañero del trabajo, asistieron al sepelio.

Los testimonios dan un panorama esperable dado la posición del muerto: El Padre Joaquín, que lo vio crecer toda su juventud, nos comentó que desde los 6 años iba a la iglesia, activo y un creyente nato; temía mucho de Dios, lo respetaba y seguía su ejemplo con fuerza. De niño era el líder de los niños, el mejor jugando béisbol, y muy querido en la comunidad. Una lástima fue cuando se unió al Partido Comunista; sumado a los noviazgos y las salidas nocturnas, dejó de ir con tanta benevolencia a la iglesia, pero aun así asistía de vez en cuando para confesarse y hablar con él. No hay mayor sorpresa para el cura que Raimundo se suicidara sabiendo que solo Dios tiene el destino en sus manos.

La secretaria de donde Raymundo trabajaba lo respetaba bastante, pese a la opinión de los pasillos de que podía ser cuadrado y déspota. Fue muy insistente en que lo veía perdido por largos periodos de tiempo viendo la ventana.

Otro compañero que unió con él al partido por las mismas fechas, y entre los dos formaron un dúo que los llevó a la posición que se encontraban; lo considera inadmisible, por el daño a la reputación de todo lo que creían, y la confianza y responsabilidad que se les daba.

Los chismes callejeros sí fueron menos concisos; algunos creían que se debía a supuestas infidelidades de la esposa, otros que fue un asesinato y otros que su puesto beneficioso la trajo culpa, en fin… Muchos rumores lo acusaban de lo peor, a lo mejor.

La conclusión fue que nunca se sabrá qué pensaba Raymundo se suicidó aquella tarde, porque a decir verdad era un hombre afortunado bajo las circunstancias, con el suficiente cariño y metas cumplidas a lo largo de los años. Será una duda para la jurisdicción y los amigos que lo juzgaron bastante a lo largo de la investigación.

Análisis


La variada y rica gama de personajes nos da un panorama de las vivencias y carencias de los ciudadanos de un país maravilloso, un pueblo que merece más reconocimiento del mundo. Una mirada más humana que ideológica, no basada en quién sustenta la razón en la lucha de tendencias de pensamientos, sino en la aceptación de los testimonios de aquellos que son usados como experimentos, pagando con su vida entera bajo la aceptación del mundo por supuestamente establecer una sociedad más digna. Lo único digno es que todos los ciudadanos tengan la oportunidad de ser felices. La búsqueda real se trata de que puedan vivir su vida lo más dignamente posible, y solo esa dignidad se puede alcanzar cuando se es libre.

Leandro Padura no escribe los cuentos con una tendencia ideológica; escribe sobre la cotidianidad, sobre lo que se puede encontrar cuando se habla con un cubano. Lastimosamente, cargan con ello el peso de la separación de familias, de la supervivencia y de una confusión social por entender si son culpables o merecedores de lo que tienen que soportar. Los cubanos son el ejemplo de la deshumanización por el idealismo, el autoritarismo y la indolencia.

Solo los cubanos sufrirán las consecuencias de la inacción; el exilio será el mayor sueño de los habitantes, que no entenderán por qué de su martirio, mientras su gobierno habla de orgullo, patriotismo y poder. El hambre, los servicios y la pobreza son el día común. Se debe tener entonces una clara y fuerte observación crítica entre lo planteado y lo ejecutado; se debe ser consciente que bajo ninguna circunstancia se debe justificar el castigo de una población entera porque su fin justifica la injusticia, pues si un ciudadano solo prefiere vivir anhelando aquello que estaba deseando que ocurriera, es que se ha secado en vida.

Una ideología no puede estar por encima de los principios de la sociedad democrática. Cuando una nacionalidad es identificada por el hambre, el exilio y la falta de libertad, hay que tener la valentía de abandonar las doctrinas y sumarse al movimiento de mayor prestigio histórico, la dignidad.

José M. León

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