El Conde de Montecristo: Resumen completo, análisis, importancia

El conde de Montecristo: un libro vigente en la actualidad:


La justicia es la cualidad y el criterio que nos permite tener una vida equitativa, un bien moral que alinea los comportamientos que creemos errados o que percibimos desiguales en la sociedad. Somos en lo general conscientes de qué actos son nocivos y rechazables para las personas, como cuáles serán laureados y apremiantes. El conde de Montecristo es una novela digna de acarrear los pormenores y las hazañas incesantes de un joven arrastrado al abismo oscuro de la muerte, inmerecidamente castigado por los sentimientos más impuros de los hombres que llamó amigos. El recorrido del personaje que creía ser el mandadero de Dios para repartir la justicia por su propia cuenta a fin de que nadie atravesara el mismo destino o los miserables pagaran castigo por sus actos.  

El joven Edmundo Dantès es personaje honrado y, a cuenta de su talento, escala vertiginosamente en el trabajo y el amor; con sus 19 años ha creado enemigos invisibles para él y que, por inocencia, cae en una mortífera trampa que le desgarra todo lo que tiene. El conde de Montecristo entabla un dilema complejo que nosotros los humanos sufrimos matutinamente: “La injusticia sin justificación”. Como Edmundo, pertenecemos a un mundo donde nos vemos influenciados sin la noción de dar voluntad a las decisiones de otros; nuestra personalidad y los cercanos tienen en sus opiniones la estructura de la aceptación social, las oportunidades y los castigos que, desde un lado tan radical como los amigos de Edmundo, arrebatándole su libertad.

 La justicia, en su fin mismo, busca que estos acontecimientos nunca ocurran y, en el caso de ocurrir, otorgar, al menos, una retribución al afectado y un castigo al impetuoso que retribuya con el mismo nivel de severidad. ¿La justicia entonces es la mano de Dios que alinea los males del hombre hacia una sociedad equitativa? En un sentido estricto y natural, sí lo es, pero en ocasiones ni las instituciones ni los poderes (a veces los causantes mismos de la injusticia) protegen del todo nuestra comunidad tan aferrada a hacerse daño, y es entonces cuando, en un instante de desespero, comprendemos que las manos de nuestro destino no han dejado de reposar en nosotros. 

Veremos en Edmundo Dantès y su vida el complejo mundo de las traiciones y el interés, la pérdida de la inocencia y el sufrimiento. La amistad y el amor como base diferenciadora entre la justicia y la venganza, la voluntad de mantenerse humano y el paso del tiempo como aliado a veces en restaurar el orden, como la desdicha en otras ocasiones.

Resumen de «El conde de Montecristo»


Primera parte: el joven Edmundo Dantes

Edmundo Dantès ha llegado al puerto de Marsella, donde lo espera su jefe y dueño de la compañía, el señor Pierre Morrel. Le pregunta a Edmundo sobre el capitán Leclerc; Edmundo le comenta que había perecido en el viaje; por ende, como segundo al mando, tomó el manto de capitán. El señor Morrel queda impresionado por la actitud de Edmundo; su seguridad y manejo del barco con la poca edad que tiene lo hacen considerar para ser el capitán del barco en el próximo viaje, aunque primero le hace preguntas al armador del barco, el señor Danglars, sobre el viaje y la capitanía repentina de Edmundo. El señor Danglars desprestigia a Edmundo discretamente y comenta que pararon en el viaje a la isla de Elba, donde se encontraba Napoleón Bonaparte, exiliado tras sus derrotas. En aquel momento, Francia era un hervidero político donde cualquier acercamiento hacia Napoleón se consideraba traición tanto al rey como a Francia. El señor Morrel le comenta a Edmundo si vio a Napoleón y le entregó algo. Edmundo afirma que sí, una carta que debía ser entregada a una dirección en París, aunque no sabía su contenido de adentro. El señor Morrel, conocido por ser alguien cercano a los ideales de Napoleón, le advierte que no hable con nadie acerca de su encuentro y su entrega.

La noticia de ser nuevo capitán se sumaba como otra bendición a los días venideros; su matrimonio con Mercedes Herrera, una catalana en Francia muy hermosa que corresponde a Edmundo, alegra el corazón del joven marino que va directo a la casa de su padre a contarle las nuevas noticias. Encuentra a su padre desnutrido, pero contento de ver a su hijo. Este le confiesa que el vecino Caderousse se empeñó en que le debía pagar una deuda al contado, por lo que, al pagarle, tuvo muy poco dinero para alimentarse hasta su llegada. Caderousse entra al hogar en ese instante en que Edmundo le contaba a su padre que iba a ser capitán; este lo felicita.

Edmundo Dantès era ajeno a los conflictos amorosos que su próxima esposa atravesaba en su ausencia. Su primo Fernando Mondengo la amaba con todo su ser, y no podía evitar sentirse destruido por el compromiso de Mercedes con Edmundo Dantes; este llega y ve la escena de Fernando llorando, ya que segundos antes, Mercedes le había dicho que desistiera de sus intentos, puesto que solo tenía ojos para Edmundo.

En la noche se habían reunido todos aquellos que sentían envidia de los logros de Edmundo en un bar. Danglars, el armador del barco que Edmundo iba a capitanear; Fernando Mondengo, el enamorado de la futura esposa de Edmundo; y su vecino que le había cobrado el dinero a su padre, Caderousse. Mientras hablaban y tomaban, Fernando comentaba lo despechado y el resentimiento que sentía sobre Edmundo. Danglars, oyente y de manera impetuosa, les comenta que si de verdad quería acabar con el compromiso entre Edmundo y Mercedes. Solo bastaba con escribir una carta anónima (mientras hablaba, la escribía) acerca del encuentro del futuro capitán con Napoleón Bonaparte, en la cual aclaraba que era un conspiranoico al rey, y que en su poder estaba una carta como prueba de que Napoleón le había entregado la información de un complot. Caderousse y Fernando regularon lo que hacía; este, en tono de broma, arruga la carta como bola y la arroja para calmar el ambiente. Unas horas después, Caderousse estaba muy ebrio y se tuvieron que retirar, pero Fernando decidió devolverse a recoger la carta que inculpaba a Edmundo.

El día de boda de Edmundo, soldados interrumpen la celebración. Edmundo, impresionado y asustado, no entiende las acusaciones que se le hacían; no era un conspirador ni había cometido ningún crimen. Frente a los ojos de su amada Mercedes y los culpables disfrazados de amigos, el arresto de Edmundo Dantès fue consumado.

Edmundo Dantès sabía que con un juicio quedaría demostrada su inocencia; su juez sería el procurador de Marsella, el señor Villefort. En el interrogatorio, Edmundo Dantés confesó que sí, que Napoleón Bonaparte le había entregado una carta, de la cual no sabía su contenido y que debía llevar a París, que no era él en primer lugar quien la recibiera, sino el ex capitán Leclerc antes de fallecer. Villefort creyó plenamente en Edmundo, que decía la verdad, y no era un rebelde que buscaba tumbar la monarquía; le presentó a Edmundo la razón de su detención, una carta arrugada y anónima donde culpaba a Edmundo. Le pregunto si tenía enemigos o personas que querían hacerle daño, y este respondió que no.

En el transcurso del interrogatorio, la carta que Napoleón Bonaparte le había dado llegó a manos de Villefort; mientras hablaba con Edmundo y decidido a liberarlo, revisó el contenido y palideció al instante. La carta era dirigida a su padre, que lo implicaba en el complot que concretaba el retorno de Napoleón a Francia.

Villefort, con las confesiones de Edmundo, se da cuenta de que nadie a quien conozca sabe sobre la carta y su contenido, y aprovechando las circunstancias para proteger a su padre y no verse relegado por el poder que está cerca de conseguir en la alta esfera de Francia, envía a Edmundo a la prisión más aislada. Sin juicio y comunicación con el exterior, debido a que Edmundo Dantés es el único que puede saber algo acerca de su padre, engañado por las esperanzas que le dio Villefort, Edmundo Dantés fue aprisionado en la isla de If por el resto de su vida.

Segunda parte: Los años de Edmundo en prisión

Edmundo Dantès es encerrado en una pequeña celda en la isla de If por muchos años; la única persona con la que se podía comunicar era el guardia de la prisión, pero como su expediente lo tachaba de loco y acérrimo rebelde, el guardia lo evitaba. Los años transcurrieron y Edmundo murió en vida; no sabía nada acerca de su papá o su prometida Mercedes, ni entendía el motivo de su desgracia, sabiendo que era inocente. El alcalde de la prisión fue a ver en los meses posteriores a los presos; fue al rincón más oscuro del calabozo. El primero fue un viejo loco que decía saber el escondite de una gran fortuna, que estaba dispuesto a dar su ubicación si lo liberaban; se llamaba Abate Faria. Cuando fue a ver a Edmundo, este le clamaba un juicio que nunca tuvo y que solo quería justicia. El alcalde revisó su expediente posteriormente; Villefort había dejado una nota aclarando que por ningún motivo debía ser puesto en libertad o que tuviera comunicación en el exterior. El alcalde de la cárcel dejó cerrado el asunto.

Edmundo vivió el más alto sufrimiento y desesperación que un humano puede soportar. Al comienzo, se resignaba con ser un hombre inocente; otras veces se creía culpable aunque no lo fuera; a veces sentía esperanza en Villefort, que él lo consideraba un hombre inocente y que no lo dejaría abandonado. Decidió, al ver que después de mucho tiempo el alcalde no hizo nada por él y que nadie iría a buscarlo, optar por morirse. Su plan consistía en morirse de hambre; la muerte era su salida en un mundo tan cruel como lo era su pequeña y oscura celda. Estuvo muy cerca de cumplir su cometido, pero ya muy débil por el hambre, en un instante donde iba a cerrar los ojos y se dejaría llevar, escuchó que venían sonidos del interior de las paredes, un sonido golpeado que indicaba que alguien estaba rompiendo las paredes para escapar.

Aquella esperanza, tan minúscula de poder ser libre, sirvió para que Edmundo dejara de provocar su muerte, y bajo un plan bien pensado buscó la manera de comunicarse con aquellos golpeteos que eran ocasionados por un hombre. Edmundo se ingenió que el guardia le dejara una cacerola y, aprovechando las horas donde el guardia dormía, empezó también a romper la pared. Día tras día, con un esfuerzo y dedicación, Edmundo no consiguió salir de la cárcel, pero sí creó un pasadizo que lo conectaba a la celda de al lado, la del viejo loco llamado el abate Faria.

 El Abate Faria no era ningún loco, como se creía; era un sacerdote italiano sumamente inteligente que por causa de sus ideales es llevado a prisión (creía en una unificación completa de Italia). El caso fue que en algún momento, por tantas horas que había dedicado a la lectura y el aprendizaje, había descifrado un gran tesoro que se encontraba en la isla de Montecristo. Él era el único hombre que sabía de esa fortuna, que prometió compartir con Edmundo cuando salieran. El Abate Faria nunca tuvo hijos, por lo que adoptó a Edmundo y lo hizo un hombre culto. En el transcurso del tiempo en el que iban trazando su manera de escapar, este le enseñaba de historia, idiomas, ciencias y demás. En una de sus conversaciones y siguiendo la brillante lógica del abate, Edmundo entendió que su encierro se debió a un complot que se inició por antiguos amigos: Danglars, Fernando y Caderousse, que, por mala suerte, la carta que Napoleón le dio iba dirigida al padre de Villefort, que, por protegerse a sí mismo y a su padre, lo hizo arrestar para que nunca se supiera que su familia formaba parte de la rebelión napoleónica y que muy posiblemente afectara su posición con el rey.

Los planes de escape nunca sucedieron debido al estado de salud del abate Faria, que empeoró drásticamente; de pronto empezaba a convulsionar y se desmayaba por largos periodos de tiempo. Edmundo dejó de lado sus planes y acompañó al anciano hasta el día que falleciera. Sucedió una noche: la pócima que el abate le dio a Edmundo para cuando convulsionara y lo volviera la vida (un veneno que en pequeñas dosis lo reanimaba) no funcionó. Muy afligido por el hombre que fue su amigo y profesor, y siguiendo sus consejos a la hora de que falleciera, se puso manos a la obra. El caso fue que Edmundo se hizo pasar por el Abate Faria, colocando a este en su celda y él en su lugar, para cuando llegaran a retirar el cuerpo, conseguir su ansiada libertad. El transcurso de los acontecimientos fueron distintos a los que creyó; pensó por un momento en el miedo de ser enterrado vivo; lo que no sabía es que no había un cementerio como tal; lo que terminaron haciendo los trabajadores de la prisión fue arrojar el cuerpo hacia el océano. Edmundo logró sobrevivir, nadó hacia una isla cercana y se hizo pasar por náufrago cuando vio que se acercaba una nave. El miedo era latente, ya que, transcurridas las horas, la cárcel de la isla de If iba a notar su ausencia y emprenderían su búsqueda. El barco lo rescató, y el manejo natural como marinero consiguió que lo contrataran en la nueva tripulación, y su identidad falsa que él había dicho fue creída como cierta. Edmundo, al preguntar la fecha en la que estaban, un marinero le respondió que es 28 de febrero de 1829, lo que significaba que 14 años pasó Edmundo encerrado en la isla de If.

Los marineros que rescataron a Edmundo eran contrabandistas y viajaban de un sitio a otro; un lugar importante era la isla de Montecristo, debido a su utilidad de contrabando. Al saber que su próximo destino era la isla, y que él era la única persona que conocía acerca del tesoro escondido, ingenia un plan.

Edmundo Dantès finge un accidente escalando una montaña de la isla; les dice a sus compañeros que estaban a punto de partir que lo dejaran allí para tomar descanso y no ser molestia en el barco. Aprovechándose de su situación solitaria y las referencias que le dejó el abate Faria, va en busca del tesoro. A pocas horas, siguiendo las instrucciones de su amigo, consigue un cofre que estaba repleto de oro y riquezas. El abate Faria estaba en lo cierto; Edmundo era rico.
6 días después, los contrabandistas buscan a Edmundo. Este se va de la isla con los bolsillos repletos, pero sin decir nada acerca del tesoro. Su destino es Génova, donde finaliza su relación con los contrabandistas, no sin antes haberle pedido a uno de ellos información acerca de Mercedes (la que hubiera sido su esposa) y su padre; lamentablemente, había fallecido este hace muchos años, y de Mercedes no sabía nada, por lo que pone rumbo a Marsella con un barco que compró en el puerto.

Los cambios físicos y su ausencia en el mundo serán una habilidad que Edmundo usará a su favor; nadie recuerda ni su rostro ni quién era. A través de su búsqueda, Edmundo Dantès logra ubicar a Caderousse, aquel vecino de su padre que formaba parte del grupo de amigos que provocó su encarcelamiento. Caderousse era dueño de una posada quebrada junto a su esposa Magdalena Radelle. Sumidos en la pobreza, una noche llega un extraño que se hace llamar el abate Busoni, preguntando acerca de algo que sucedió hace 14 años. El abate Busoni había sido testigo del encarcelamiento y la posterior muerte de Edmundo Dantès, pero antes de fallecer le dejó al abate Busoni un diamante como única herencia para las personas que él amaba y le eran leales. Le había comentado que Caderousse, Danglars, Fernando, Mercedes y su papá eran los que se debían repartir el diamante, aunque el abate exigía a cambio que le contaran qué fue lo que sucedió y si eran merecedores del amor que le profesaba Edmundo a ellos.

Caderousse, sumergido en sus pensamientos por el diamante que podría obtener, no cayó en cuenta que el abate Busoni no era nadie más que Edmundo Dantès disfrazado, por lo que le relató los hechos posteriores al arresto de Edmundo.

Aceptaba la culpa de saber sobre el complot que tenía Fernando y Danglars hacia Edmundo, pero su estado de embriaguez no le hizo caer en cuenta que lo tramado se iba a realizar. Confesó Caderousse que cuando se llevaron a Edmundo, pensó en confesar lo que habían hecho, pero Danglars lo amenazó de que si lo hacía, lo iba a mandar a callar, valiendo más su cobardía, y guardó silencio sobre el asunto. El papa de Edmundo Dantès, afligido por lo que le hicieron a su hijo, se dejó morir de hambre; solo Mercedes y el señor Morrel (jefe de Edmundo) velaron por él y pagaron sus deudas después de fallecido. El señor Morrel, que tenía 2 hijos, cayó en desgracia; sus empresas de navíos naufragaron a lo largo de los años, y solo le quedaba el Faraón (barco que navegaba Edmundo). Mercedes se había casado con su primo Fernando, tuvieron un hijo que llamaron Alberto, pero ya no eran pescadores como él los conocía; ahora habían adquirido riqueza y poder con el título de conde de Morcef. Igual pasó con Danglars, que había sido nombrado barón. Todos sus enemigos eran ahora poderosos. Edmundo, al ver a Caderousse miserable, y viendo que, aunque estuvo involucrado en la traición, no era tan culpable, solo cobarde, le deja el diamante. Edmundo Dantès estaba muerto, pero había nacido un hombre nuevo que impartirá la justicia, porque Dios lo había hecho vivir para un propósito.

Morrel, el exjefe de Edmundo, está en la quiebra; solo le queda el Faraón y le llega la noticia de parte de su hija Julia de que este había naufragado. Tiene muchas deudas y no sabe cómo pagarlas; lo que antes fue una oficina llena de empleados, solo quedan dos, y al parecer un tiro para mantener su honor era lo que le quedaba al señor Morrel. Uno de sus deudores es el señor de Boville, jefe de prisiones. Un extraño inglés bien vestido llegaba para hacer un trato con Boville; le ofrece adueñarse del crédito que tenía en la empresa de Morrel a cambio de información de 2 prisioneros. Este acepta sin ningún inconveniente porque significaba recuperar su crédito. El inglés, que es Edmundo, se entera de que el arresto del abate Faria y de él era obra exclusiva de Villefort.

El inglés llega a donde Morrel con la esperanza de que no tiene que pagar el crédito por ahora; le permite pagarlo dentro de unos meses sin nada a cambio. Lo que sí es que en privado le dice a su hija Julia que, por más extraño que parezca, tiene que seguir las instrucciones de un tal “Simbad el Marino” cuando lleguen a la fecha de pagos. El faraón nunca pudo llegar con sus mercancías. Cuando se hizo la fecha de pagar, Morrel estaba decidido a suicidarse, pero a punto de cometer tal acto infame hacia él, Julia le informa que se han salvado, ya que había seguido las instrucciones de un tal Simbad el Marino, que la llevó a una bolsa con las totalidades de las deudas pagadas y un diamante gigante. En la celebración, el puerto informaba de la llegada del faraón; el señor Morrel y su hija celebraban su milagro, un extraño miraba complacido la escena, que se decía en voz baja: “Los buenos han sido recompensados; que se preparen ahora los malos”.

Parte 3: La venganza de Edmundo Dantes

Tiempo después, la historia se dirige a 2 jóvenes cuyos nombres son Franz d’Epinay y Alberto de Morcef, que están disfrutando del carnaval de Roma, dos aristócratas, de los cuales Alberto es el hijo de Mercedes, exprometida de Edmundo y su enemigo Fernando. Su amiga Franz d’Epinay le contaba sobre cómo días atrás, por curiosidad propia de los lugares de contrabando, pasó una noche en la isla de Montecristo. Un hombre de unos 40 años que se hace llamar “Simbad el Marino” lo hospedó en una cueva remodelada con altos lujos. El anfitrión le ofreció de comer y le dijo que se verían en el carnaval de Roma. “Simbad el Marino” le ofreció además un líquido verde que lo hizo alucinar y desmayar; al despertar no encontró la cueva y dudaba si había sido real el suceso la noche anterior. Al llegar a Roma, su posadero les informa que,, por la afluencia de gente, no se encontraban carruajes disponibles, y que tuvieron mucho cuidado en ir a pie, ya que hay un famoso maleante que se llama Luis Vampa, secuestrador y asesino, muy amigo de alguien que se hace llamar “Simbad el Marino”.

Llega la noche y en una gala planificada con hombres de alta clase, Alberto de Morcef y Franz d’Epinay conversaban cuando de pronto, Franz vislumbra a aquel hombre que vio en la isla de Montecristo con una belleza griega. El acontecimiento le quita sus dudas de que lo que sucedió en la isla fue real.

El misterioso Simbad el Marino se hospedaba en el mismo sitio que los jóvenes Alberto de Morcef y Franz d’Epinay. Este los invita a conocerse; donde se hospedaba era el lugar más grande y lujoso del hotel, se presenta como el conde de Montecristo y, con una cordialidad natural y desinteresada, les ofrece su carruaje para que se movilicen por la ciudad, además de que cualquier favor podrían contar con él. En el transcurso del día, el joven Albert de Morcef sentía atracción por una mujer enmascarada que lo incitaba con miradas. Se vieron en un sitio y lo último que vio Franz d’Epinay fue a su amigo perdiéndose por las calles de Roma con la desconocida. Al rato llegó una carta a nombre del famoso Luis Vampa, donde exigía mucho dinero por la liberación de Albert; en caso de un negativo, el joven moriría. Franz d’Epinay recurrió al conde de Montecristo, ya que sabía de su amistad. El conde de Montecristo se encargó del asunto, logró la liberación de Alberto de Morcef sin ningún intercambio; era notable el respeto que el maleante tenía hacia el conde de Montecristo. Alberto de Morcef no sabía cómo retribuirle al conde de Montecristo; solo este le pidió que lo presentara a la sociedad parisina; pensaba mudarse allá pronto. Alberto de Morcef se puso a la orden y le dijo que lo esperaría allá; lamentablemente, Franz d’Épinay no volvía a París hasta el siguiente año. Ninguno de los jóvenes sabía que formaba parte de un plan meticuloso hecho por un hombre que buscaba la justicia, o se podría llamar venganza también.

Los planes de Edmundo son una red compleja y detalladamente planificada, en la que busca el desprestigio social de cada uno de los traidores y sus familias. Como verdadero creyente de ser el juez de la justicia, toma su papel donde castiga o premia a cada una de las personas con las que se relaciona en París.

Danglars, el antiguo armador, y ahora barón, vive como banquero deshonesto, junto a su esposa, la señora Herminia Danglars, y su hija Eugenia Danglars. Danglars sabe del amorío de su esposa con un Lucien Debray, pero usa esto a su favor, ya que el joven tiene información privilegiada para hacer inversiones. En el momento en que el conde de Montecristo llega a París, Eugenia Danglars está comprometida para Alberto, cuya obligación matrimonial le repugna. El caso es que Edmundo hace contacto con Danglars, y le propone que le dé un crédito ilimitado; usando su orgullo como banquero, logra que ceda a su petición.

La justicia para Danglars es usar su desmedida vanidad en su contra. Primero lleva a que conozca un supuesto soltero que tiene una riqueza enorme, Andrea Cavalcanti, para que este rompa el acuerdo que tenía con el conde de Morcef, de casar a su hija con su hijo.

En paralelo, el conde de Montecristo, sabiendo el método en que Danglars obtiene información para hacer sus inversiones, opta por chantajear al telégrafo para que informe una noticia falsa, la cual Danglars cae en picada e invierte su dinero en una empresa fallida. Haciéndole perder mucho dinero, Danglars se ve muy molesto con su esposa, ya que ella era, a través de su amante Lucien, quien le informaba sobre lo sucedido. Le hace saber sobre sus amoríos tanto con Lucien como con un viejo conocido, el procurador Villefort.

El procurador Villefort tiene 2 hijos, Valentina Villefort de su primer matrimonio y un hijo de 10 años con su actual esposa; el hecho es que el procurador tiene un secreto bien guardado, no solo el hecho de que encarceló a Edmundo para salvar su reputación familiar, sino que años atrás fue amante de la que ahora es esposa de Danglars. De esta relación concibieron un hijo, en una casa que muchos años después el conde de Montecristo compra. Villefort decidió, por su honra, enterrar vivo al niño en el patio trasero de la casa, pero sin imaginarse que un hombre lo esperaba para asesinarlo. Bertuccio, dolido porque el procurador dejó en libertad los asesinos de su hermano, desenvaina un cuchillo. Cuando lo ataca, y pensando que ya estaba sin vida, se da cuenta lo que el procurador planeaba, por lo que toma al niño y decide que su hermana lo críe. Benedetto, hijo de Villefort y la señora Danglars, es malicioso y mal comportado mientras crece.

A través de Bertuccio, que con los años que siguieron fue sentenciado en una ocasión por los crímenes de Caderousse, y solo por la casualidad de que se hospedaba en la posada de Caderousse la noche cuando asesinó a su esposa y al joyero, con el fin de quedarse para él el diamante dado por el abate Busoni (Edmundo Dantés). Obtuvo la libertad por el mismo abate Busoni. El conde de Montecristo, a la hora de comprar la casa donde la señora Danglars alumbró a su hijo con Villefort, llevó a Bertuccio y se colocaron en el mismo sitio donde apuñaló y salvó al niño, consiguiendo su confesión y lealtad, y una pieza fundamental para que llegue la justicia al procurador.

En el presente, la señora Danglars le presta a la actual esposa de Villefort su carruaje con sus caballos, que el día anterior fueron comprados por el conde de Montecristo, pero devueltos a las horas en un malentendido. La cuestión fue que cerca de la residencia del conde de Montecristo los caballos perdieron el control y, en el momento de una inminente tragedia, un servidor del conde apaciguó a los caballos. Ocurre una larga charla entre el conde de Montecristo y la esposa del procurador, donde se habla de venenos. Villefort, en agradecimiento, visita al conde por haber agradecido salvar la vida de su esposa. Sabe el conde de Montecristo que su hija Valentina Villefort está enamorada del hijo de su antiguo jefe, Maximiliano Morrel; se aman en secreto, pero Villefort desprecia la familia Morrel, además que será obligada a casarse con el amigo de Alberto de Morcef que conoció en Roma, Franz d’Epinay. El procurador Gerardo Villefort está cautivado por el enigmático conde; este le invita a una cena que lo impresiona, ya que será en la casa donde intentó enterrar a su hijo años atrás.

Villefort, que siempre sostuvo una relación tensa con su padre, que ahora está parapléjico y anciano, y que solo logra comunicarse con su nieta Valentina, está en desacuerdo con la unión que su papá ha hecho con su hija, y hará lo que esté a su alcance para impedirlo. Una de las tantas preocupaciones que están por venir, ya que la invitación de la cena por parte del conde se encuentra de invitada la señora Danglars. Entre las conversaciones que se dan en el festín, el conde de Montecristo les hace saber a los dos que conoce el infanticidio que se trató de realizar en la vivienda, aunque sin señalar directamente los culpables. Villefort está preocupada de que este hecho salga a la luz; ahora empieza a investigar quién es realmente el conde de Montecristo.

Varios sucesos ocurren repentinamente en la casa de Villefort, empieza a morir gente por envenenamiento, un criado y familiares de su primera esposa, que podrían recibir la herencia del señor Villefort. Villefort dispone casar a su hija cuanto antes; lo que nunca imaginó fue que su padre, el señor Noirtier, “antiguo bonapartista”, llama a los comprometidos a sus aposentos, donde comparte con ellos un secreto firmado, donde él, en las guerras napoleónicas, fue el asesino del padre de Franz d’Epinay. Los cimientos del joven Franz se derrumban, y anula el matrimonio de inmediato.

La justicia para Alberto de Morcef inició en la entrada de su casa cuando su hijo Alberto le presenta a su salvador en Roma, el conde de Montecristo. Nadie reconoció que era Edmundo Dantès, salvo Mercedes, que nunca olvidó el rostro de la persona quien amó. El conde y Alberto tenían una sincera amistad, pero sin saber que unos hilos meticulosamente iban a desentrañar los secretos de los Morcef. El hecho de que Danglars, con muchos problemas monetarios, y dada la presentación de un nuevo joven adinerado llamado Andrea Cavalcanti, anule el matrimonio entre Alberto y su hija. Alberto está contento con la situación; no obstante, el conde le pide que escuche a su antigua esclava, ahora libre, y a quien vio cuando el conde estaba en el teatro de París, Haydée.

Haydée empieza a contarle sobre su pasado: era hija del rey Alí-Tebelin, gobernante de Janina, que un día un soldado de Francia vino a ayudarlo en la guerra. El soldado gozaba de buena amistad y confianza con el rey, por lo que lo convenció de mediar en el conflicto sin armas. Lastimosamente para el rey, el soldado lo traiciona, por lo que es despojado y asesinado por el soldado; y su esposa e hijas, vendidas como esclavas. Haydée dice que no hubiera sobrevivido de no ser porque el conde de Montecristo la salva. Alberto le comenta que su padre era muy amigo de Alí-Tebelín, y se indignó por lo que ese hombre le hizo, ya que en la historia contada, no se menciona ninguna traición. A los días, una noticia circula por todo París: el conde de Morcef, antiguamente conocido como Fernando Mondengo, perteneciente a la Cámara de Diputados, fue causante de la muerte de Alí-Tebelin y su familia, dada la confianza que le tenían a ellos, persiguiendo sus propios intereses.

Los tres hombres que traicionaron a Edmundo se encuentran en situaciones desesperadas, sin saber que Edmundo Dantès está por darle la estocada final, con un castigo que le otorgará justicia por los 14 años encarcelado en la isla de If. El barón Danglars está por celebrar la boda de su hija con Andrea Cavalcanti. Repentinamente, la boda es interrumpida por la policía y el futuro marido de su hija es arrestado; resulta ser que Andrea Cavalcanti no era más que un criminal conocido como Benedetto, que compartió celda con Caderousse, y que este le estaba exigiendo un dinero por no revelar su identidad.

Días atrás, Caderousse fue asesinado por Benedetto (Andrea Cavalcanti), ya que este le comentó que iba a robar una casa que pertenecía al conde de Montecristo, por lo que el conde, en el momento del robo, lo reduce en un enfrentamiento y le revela su identidad verdadera como Edmundo Dantès. Posteriormente, en la huida de Cadeoruosse, Benedetto lo apuñala; el primer castigo de los traidores había llegado.

Viendo su situación, y que su nuevo yerno no iba a resolver sus problemas económicos, no le queda de otra que entregar todo el dinero que tenía al conde de Montecristo por préstamo. En casa, su hija se había escapado con su profesora de piano y no volvió a saber de ella, y de su esposa, se separa, dejándola desamparada, ya que ni su amante quiso quedarse con ella.

Villefort, como procurador, tiene que enjuiciar a Andrea Cavalcanti; lo que no sabía de aquel criminal que se había infiltrado en la clase alta parisina era que se trataba de aquel hijo que tuvo y decidió enterrar vivo. A horas del juicio, en la casa del procurador Villefort, es asesinada por envenenamiento su hija Valentina; descubre entonces que era su esposa (por influencia de Montecristo en sus conversaciones de venenos) la que estaba detrás de todas las tragedias de la casa. El motivo siempre fue para que la herencia de los Villefort quedara en manos de su hijo en común, y no a Valentina, que por derecho era la primera heredera. El procurador furioso asevera que va a atender el juicio, y que cuando llegue quiere verla muerta, con su propio empeño en tomarse el veneno; si no el mismo, traerá a la policía para su arresto, partiendo a la corte a dictar sentencia.

En pleno juicio, con la presentación de Benedetto, sale a la luz el origen del criminal, hijo del procurador que estaba por dictarle una sentencia de muerte; Villefort queda pasmado por la noticia, hasta el punto de que levanta sesión. Al llegar a casa, su esposa no solo se ha quitado la vida; también la vida de su hijo de 10 años se fue con ella. Como estocada final ante tantas desgracias, el conde de Montecristo revela su identidad al procurador Villefort, que pierde la razón y enloquece ante tantas tragedias, aunque en esta oportunidad el conde se cuestiona si no llegó muy lejos con su venganza, ya que varias muertes de inocentes ocurrieron por su planificación.

Alberto de Morcef se enfurece cuando el nombre de su padre aparece en la portada del periódico como un traidor. Asiste a la imprenta donde exige un combate de duelo con el dueño del medio, un amigo íntimo; por la amistad, el amigo le propone que le dé tres semanas, que va a verificar la información, ya que llegó desde muy lejos, y en caso de que sí sea cierta, aceptará el duelo.

Su amigo de la imprenta le informa semanas después de que lo publicado era real, pero por su amistad podía guardar las acusaciones y dar el asunto por terminado. Cierto fue que el amigo de Alberto cumplió su palabra; el problema vino cuando varios periódicos publicaron y verificaron la traición de Fernando al gobernador de Janina. Alberto entonces cae en la cuenta de que no pudo ser otro más que el conde de Montecristo, quien hizo rodar la información sobre su padre. Alberto reta al conde a un duelo, el cual este acepta y quedan en verse al día siguiente.

Esa misma noche, Mercedes visita al conde para rogarle que no mate a su hijo. En una discusión acalorada, donde Edmundo recuerda todo el sufrimiento que le hicieron pasar, sin ningún motivo, inocente de lo que le acusaron solo por la envidia de otros, y la pérdida de sus años y de su padre por aquellos traidores, de los cuales era uno su esposo. Aun así, con todo el dolor y la sed de venganza, cede ante la petición de Mercedes y decide que Alberto lo asesine cuando se batan a duelo. Mercedes se va de la casa agradecida con Edmundo, aunque este con un sabor agridulce. Pasa la noche con Haydée, donde ella le confiesa su amor y que lo va a seguir a donde quiera que él vaya, ya que son dos almas que solo se pueden entender entre ellas, por todo el sufrimiento habían pasado.

El día del duelo se presenta Alberto, pero repentinamente rechaza pelear con el que fue su amigo, y hace un trato de paz con el conde; desde lejos se ve la sombra de Mercedes, que supone que tuvieron una charla larga y comprendió la causa de por qué Edmundo hacía lo que hacía.

Por las noticias, a Fernando de Morcef se le abre un juicio en la Cámara de Diputados. En plena audiencia, la argumentación y las pruebas que se van presentando en la corte son eliminadas por la elocuencia de Fernando, pero de pronto, una testigo llega a la sala. Es Haydée, hija de Alí-Tebelin, dando su testimonio y narrando los hechos de cómo Fernando traicionó a su padre, para que después sea vendida como esclava. Verla a los ojos fue lo suficiente para corromper a Fernando, por lo cual se declara culpable.

El conde de Morcef, iracundo, arriba a la casa del conde de Montecristo para abatirse a un duelo, no sin antes este mostrar su verdadera identidad, que era nada más y nada menos que Edmundo Dantès, el prometido de su esposa Mercedes. Estupefacto, se retira de la casa, decidido a quitarse la vida para evitar la deshonra pública. Cuando llega a su casa, la encuentra vacía; su hijo y esposa lo han dejado solo, por lo que se mete un tiro en la cabeza esa misma noche.

Danglars va a donde Montecristo para que le devuelva el préstamo que le hizo, lo cual accede sin problemas, sin saber que Luigi Vampa, el famoso maleante de los carnavales de Roma, lo secuestra cuando este ya tenía posesión del dinero. 11 días pasó secuestrado; donde cada vez que exigía comida o agua, debía entregar parte de su dinero. Llegado un punto donde no le quedaba más, fue cuando el conde de Montecristo hizo su aparición, haciéndole saber que era Edmundo Dantès; Danglars no hizo más que pedir perdón y clemencia por su vida. Edmundo ya se había vengado de todos los que lo traicionaron, y viendo que la justicia, en su forma más cruda, se volvía venganza y podía lastimar a otros. Opta por perdonarlo, aunque, al fin y al cabo, Danglars estaba en bancarrota y su familia no lo volvería a ver más.

La última acción llevada por el conde de Montecristo fue para el hijo de su antiguo jefe, Maximiliano Morrel, el enamorado de Valentina, que al saber que había fallecido quería quitarse la vida, pero el conde le pidió paciencia… Lo invita a su isla, Montecristo, para que tome la decisión. Valentina Villefort no había muerto, a sabiendas de que la esposa de Villefort manejaba los venenos recomendados por el mismo conde; en conjunto con su abuelo Noirtier, fueron inmunizando a Valentina con pocos sorbos de venenos al día, para que después tomara un antídoto que la dormiría como si estuviera muerta, y pudiera rehacer su vida con Maximiliano sin ninguna atadura familiar, un nuevo comienzo. Los dos enamorados parten a Francia con un futuro radiante, ya que, como último obsequio, el conde de Montecristo les hereda sus casas en Francia.

El conde de Montecristo parte con Haydée como su pareja, orgulloso y por fin en paz; cada latido, pensamiento y movimiento en sus últimos años se había basado en cobrar su venganza y castigar a los causantes de su desgracia, y por primera vez, era libre y feliz.

Análisis de “El conde de Montecristo”


Hay unos principios fundamentales que rigieron los actos de Edmundo en la novela, castigar al culpable y recompensar al honesto, pero la gran cruzada sobre sus actos fue, ¿cuál es el modo correcto de castigar o retribuir la justicia?, los culpables de la desdicha recibieron diferentes tipos de castigo, desde él un punto de vista radical como la muerte de Caderousse por apuñalamiento o la muerte de la familia Villefort, acarreando con ella varios inocentes, o el perdonar, como lo hizo con Danglars ya en bancarrota y con su familia alejada. Claramente, la justicia tiene dos estructuras cruciales: en primer lugar, se debe buscar, proteger y realizar; nuestro condicionamiento humano nos vuelve complejos y erráticos para existir entre nosotros, lo que nos lleva a un sinfín de hechos que nos deja vulnerables y afectados, pero somos conscientes de lo malo y lo bueno, y al ser conscientes, no hay forma de justificar el daño o el sufrimiento de alguien por desconocimiento o despiste.

Por otro lado, la justicia está rellena de un conflicto moral subjetivo: ¿qué puede ser llamado un justo castigo? Podría ser la pérdida del tiempo, condicionar a alguien al encierro, revocar las libertades por un periodo determinado para la rectificación, o será quitar la vida misma; visto en la novela, también la pérdida de los seres queridos es un camino.

Edmunda Dantes nos ilustra el camino de la verdadera justicia; es un fin al que se le debe buscar, porque se puede escapar, siendo una realidad certera y cruda de la existencia humana. Las instituciones judiciales que son imparciales y objetivas son un poder que nos ayuda a mantener el orden social; no obstante la voluntad de los individuos de bien y ejemplar comportamiento, tienen la obligación de no decaer en la neutralidad absoluta. La creencia de que vivir dignamente es suficiente para la vida plena tiene sus pormenores, porque no somos responsables del accionar de otros individuos e, independientemente de lo que las leyes nos protejan, los daños son irreversibles.

Es la justicia nuestro bien más preciado para enfrentar el miedo ante otros, y una seguridad en que las situaciones tendrán un correcto desenlace, por ello, hay que estar atentos y exponer la crueldad que se sufren, Villefort es la justicia misma como procurador, pero no es más que otro hombre angustiado de verse implicado en asuntos que lo comprometan, y dispone con todo su poder a dejar encerrado a Edmundo en su celda, acusado de un delito que no cometió, o no arrestar al asesino del hermano de Bertuccio, como también lo es evadir atender la situación en su propia casa cuando se estaban cometiendo asesinatos por envenenamiento, ¿Es Villefort una crítica al mismo sistema judicial al que mucho somos susceptibles?

La justicia fue creada por los humanos, y los humanos tenemos un deber con ella, la humanidad supera sus barreras constantemente, que como si de una competencia se tratara, hay más Villefort, Danglars y Morcef en la actualidad que antes, personas sumamente engañosas, mentirosas y ambiciosas dispuestas a arrodillar quien este por el medio del camino, aunque también, no ha habido otro momento como el de ahora, donde haya tanta disposición en instaurar una sociedad mejor, tan capaces de transmitir mensajes de apoyo, fortaleza y compromiso, para el mejoramiento de un mundo que suplica ayuda.

José M. León

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